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Crónica:NUESTRA ÉPOCA

Gente corriente

Todavía quedan muchas cosas oscuras, corruptas y falsas en la política ucrania, pero los cambios actuales tienen como base algo muy auténtico: unos seres humanos que aspiran a ser dueños de su destino; unos sujetos que van a ser ciudadanos.

Es una noche de invierno heladora. Entre las tiendas del campamento revolucionario, en una de las calles más comerciales de Kiev, está Sviatoslav Smolin, un hombre grandullón. Me cuenta que, en ese histórico lunes de hace casi tres semanas, cuando oyó la supuesta noticia de que el candidato de la oposición había perdido las elecciones presidenciales -un resultado que Smolin juzgó inmediatamente falso-, se volvió hacia su mujer y le dijo: "Tengo que ir".

Junto a uno de los braseros de leña se calienta Vasil Khorkuda. Nunca ha participado activamente en política, dice. Pero ese lunes él también decidió que tenía que venir a Kiev. Y aquí está desde entonces, durmiendo en una tienda en la que figura un cartel escrito a mano con el nombre de su ciudad. Piensa quedarse hasta el "triunfo".

Le sirvieron la independencia en bandeja cuando se desintegró la URSS, pero hasta ahora no ha empezado a construir la realidad social de un país soberano

El régimen poscomunista del presidente Kuchma ha sido tan manipulador, intimidatorio y corrupto que hasta los analistas más parcos lo tildan de 'gangocracia'

Para controlar a Leonid Kuchma, Vladímir Putin actuó como si Ucrania siguiera siendo un territorio de la Rusia soviética. Ésa fue la gota que colmó el vaso

Más allá, riéndose junto a un árbol de Navidad sintético de color naranja -es la revolución naranja, así que incluso el árbol tiene que hacer juego-, está Elena Mayarchuk. Dueña de un salón de belleza en una pequeña ciudad del centro de Ucrania. De nuevo, la misma historia: oyó las informaciones y comprendió que tenía que venir. Y piensa permanecer hasta el final. También está Vova, un trabajador de una ciudad industrial en el noreste, que se identifica como miembro de "la clase obrera" y adopta una postura heroica: "¡El país me llamó!".

Reacción espontánea

Son la llamada gente corriente, los que, con su reacción espontánea del lunes 22 de noviembre, hicieron historia. Primero fueron los habitantes de la propia Kiev, que se adueñaron de su ciudad. Luego llegaron los de fuera. Ni la campaña a favor del candidato de la oposición Víktor Yúshenko, con toda su organización y todo su dinero; ni los activistas estudiantiles del movimiento de resistencia Pora ("Ya es hora"), con toda su preparación; ni el apoyo occidental a las ONG, las encuestas a pie de urna y otras cosas semejantes; ni los observadores internacionales de las elecciones; ni las llamadas telefónicas de Washington o Bruselas; nada de todo eso se habría impuesto al régimen corrupto y cruel del presidente Kuchma, con su manipulación de los medios, sus asesores rusos y su fraude electoral, si no hubiera sido por los Sviatoslavs y los Vasils, las Elenas y los Vovas, que invadieron de tal forma las calles de Kiev que transformaron todo.

Todavía quedan muchas cosas oscuras, corruptas y falsas en la política ucrania, pero los cambios actuales tienen como base algo muy auténtico: unos seres humanos que aspiran a ser dueños de su destino. Unos meros objetos de la historia que, aunque sea por poco tiempo, se convierten en sujetos activos. Unos sujetos que van a ser ciudadanos.

En la situación intervienen grandes intereses extranjeros -la lucha entre Rusia y Estados Unidos por el control de Eurasia, la construcción de una nueva Unión Europea (de lo que hablaré la semana que viene)-, pero no es de eso de lo que se oye hablar aquí, en las calles y plazas. Incluso los intelectuales más proeuropeos reconocen que la atractiva posibilidad de pasar de una unión pos-soviética a la Unión Europea no ha sido más que un factor muy pequeño en la campaña.

No. De lo que se oye hablar es de un país al que le sirvieron la independencia en bandeja cuando se desintegró la Unión Soviética, hace 13 años, pero que hasta ahora no ha empezado a construir la realidad social de un país soberano y con perspectivas democráticas. De lo que se oye hablar es de un régimen poscomunista, encabezado por el presidente Leonid Kuchma, que ha sido tan manipulador, intimidatorio y corrupto que hasta los analistas más parcos lo califican de gangocracia. Lo que aquí llaman el "Estado chantajista", en el que el presidente controlaba de forma directa o indirecta la mayoría de los altos cargos de la vida pública y se aseguraba la lealtad de sus subordinados porque poseía material comprometedor -los ucranios suelen utilizar un viejo término de la policía secreta soviética, kompromat- sobre sus actividades ilegales. Un Gobierno de kompromat.

Si los colaboradores mostraban su desacuerdo, se les cerraban las empresas o se les enviaba a la cárcel (como le ocurrió a la carismática Julia Timoshenko, ex magnate de la energía, a la que apodaban "la princesa del gas" y ahora llaman "diosa de la revolución"), o les daban una paliza, o cosas peores. La cara de Víktor Yúshenko, antes atractiva, muestra en sus monstruosos forúnculos la huella de lo que muy bien puede haber sido un envenenamiento deliberado. Como dice él, su rostro es el rostro de la Ucrania de hoy. Pero no de la de mañana, esperan. Al final, como tantas otras veces, los gobernantes perdieron contacto con la realidad y se les fue la mano. Propusieron para la presidencia a un miembro del aparato muy desprestigiado, Víktor Yanukóvich, que, en su juventud, cumplió dos condenas de cárcel por robo y agresión. (Uno de los numerosos chistes políticos que circulan en Kiev es que, a diferencia del presidente saliente, Kuchma, Yanukóvich no desea un tercer mandato). Las mentiras en las principales cadenas de televisión -controladas indirectamente por el Estado chantajista- y la manipulación de las elecciones alcanzaron niveles escandalosos. Y el padrino de Moscú, Vladímir Putin, que seguramente dispone de su propio kompromat para controlar a Kuchma, actuó como si Ucrania siguiera siendo un territorio de la Rusia soviética. Ésa fue la gota que colmó el vaso.

Por primera vez, seguramente, en la historia de Ucrania, las aspiraciones democráticas y las nacionales van unidas. En lugares como Bosnia, Timor Oriental o Irak, los ocupantes occidentales hablan con poca verosimilitud de "construir nación". Aquí se puede ver cómo se construye verdaderamente una nación, en la solidaridad de las masas que se manifiestan y ondean símbolos nuevos. "Me siento más ucranio ahora que hace tres semanas", dice un joven de origen ruso. En esa frase se resume la esencia de lo que verdaderamente es construir una nación. En este país que sigue hablando mayoritariamente ruso, el pasado mes de febrero, sólo el 42 % de los encuestrados en un sondeo nacional muy autorizado se identificaban como ciudadanos de Ucrania "por encima de todo". (Un 13%, asombrosamente, respondió "ciudadano soviético"). Uno de los responsables de la encuesta acaba de hacerme la predicción de que, en febrero del año próximo, esa cifra será del 50% o más.

Tradición y televisión

Construir una nación incluye inventar la tradición. Y eso, hoy en día, no lo hacen bardos, gramáticos ni historiadores, sino la televisión. En las cadenas más independientes ya se ven emocionantes montajes de los manifestantes naranjas en la nieve, jóvenes preciosas, abuelas que lloran, música patriótica. Ah, sí, y la enorme columna blanca y dorada de la plaza de la Independencia, que parece de principios del siglo XIX, se erigió en el año 2001.

Hasta ahora, la revolución sólo ha llegado a la conciencia social, junto con los medios que la inspiran y la sostienen. Cuando escribo estas líneas, el Parlamento acaba de despejar el camino para que la segunda vuelta de las elecciones manipuladas se repita el 26 de diciembre, con unas normas electorales más estrictas y menos poderes para el nuevo presidente. Se avecinan muchos cambios y sorpresas. Incluso después del "triunfo" que aguardan Vasil, Elena y sus nuevos camaradas en las tiendas de lona, durante el mandato del presidente Yúshenko se producirán decepciones. Me conmueve ver al padre de la revolución de terciopelo en Praga, el ex presidente Václav Havel, en la televisión ucrania, con un lazo naranja en la solapa, para advertir precisamente sobre el desencanto posrevolucionario.

Es evidente que no debemos ofrecer ninguna idealización romántica; pero sí un respeto lúcido. ¿Estarían ustedes dispuestos a dejar su trabajo y a su familia durante varias semanas para irse a vivir con extraños en una tienda abarrotada, en medio de la calle, con temperaturas que descienden hasta los 10 grados bajo cero? Al cabo de dos horas, yo tenía tanto frío que tuve que volver a mi hotel a medianoche para tomarme un té caliente y pedir primeros auxilios. Y ellos llevan ahí dos semanas. Esas personas supuestamente corrientes que están haciendo algo tan extraordinario se han ganado, por lo menos, el derecho a que no se les trate como objetos de los designios geopolíticos, las fantasías ideológicas o las fétidas teorías de la conspiración de otros. Lo que podemos hacer es escuchar, con respeto crítico, mientras nos cuentan por qué están ahí.

Traducción de María Luisa R. Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004

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