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COLUMNISTAS COLUMNA i

El violinista en el control

Eran imágenes que carecían de signos de violencia tanto como de sentido. Simples y absurdas. Surrealistas e irreales. Y, sin embargo, expresivas: a causa de la memoria heredada, de palabras y relatos recibidos, producían infinita angustia, mucha más que otras más explícitas que muestran cadáveres mutilados o prisioneros indefensos sometidos a torturas en la ciénaga banal del horror contemporáneo. Estas otras eran como una puerta en la oscuridad, como un gaznate paralizado segundos antes del grito.

Formaban parte de un informativo sobre los territorios ocupados; un reportaje bien hecho, porque los autores no se habían limitado a captar al joven palestino que, en un control israelí, acuciado por uno de los soldados a cargo del mismo, se llevaba su violín al hombro (extraño instrumento en un control: el soldado temía que se tratara de una bomba camuflada; el palestino parecía sorprendido de encontrarse ante tan poco interesado oyente), e iniciaba, con el arco, unos desconcertados compases. La figura del músico, o del aprendiz de músico, no tenía nada de particular: era un muchacho alto y moreno, ataviado con una camisa oscura, que interpretaba unas notas con su violín. Pero entre él y su interlocutor se encontraba uno de esos parapetos de cemento construidos con urgencia para trazar fronteras. Le llegaba un poco más abajo de la cintura, pero el soldado era bajito, de modo que podía apoyarse, dueño y señor, en el murete que le servía como de escritorio, y consultaba unos documentos, seguramente los papeles de identidad del músico, el pase o cualquier otra contraseña de las que hay que exhibir en los controles del pueblo elegido para pasar o no a lo que fue la propia tierra; ser elegido, o no. El compañero del soldado, también con el casco de reglamento puesto, hablaba por un teléfono de campaña. Tal vez preguntaba si figuraba en las listas de los servicios secretos algún peligroso terrorista camuflado detrás de un violín.

Días atrás, yo había visto un documental bastante impresionante, Checkpoint, dirigido por el israelí Yoav Shamir: una mirada seca sobre la cotidianidad de esos controles, las humillaciones, la animalización de los palestinos por parte de jóvenes policías israelíes que no son más que carne de cañón y de ignorancia expedida a los peores lugares de la ocupación. Y acababa de leer las conversaciones entre el músico judío Daniel Barenboim y el pensador palestino Edward W. Said: Paralelismos y paradojas. Reflexiones sobre música y sociedad (Debate), una edición con prólogo obra de otro músico, Ara Guzelimian, perteneciente también a un pueblo sometido a un antiguo holocausto: el pueblo armenio. Las reflexiones de Barenboim y Said (para entonces ya muy enfermo de la leucemia que se lo llevaría en septiembre de 2003) formaban parte, como la película de Shamir, del sustrato moral con el que me había enfrentado a las imágenes del violinista en el control. Ambos crearon el taller de música West Western Divan, integrado por árabes e israelíes. Ambos defendían, defienden, el valor unificador y pacificador de la música.

Lo más importante, pese a todo, fue que la mirada del reportero complementó mi propia aportación con aquello que nadie debe olvidar jamás. Es decir, la conciencia. Y era que el informativo incluía la reacción de una mujer israelí al ver las imágenes en su televisor. El horror en los ojos de aquella antigua víctima.

"No puedo soportarlo, es horrible", vino a decir la mujer, añadiendo que la escena le hacía pensar en un campo de concentración nazi cuyo nombre se me escapó. Tal vez se refirió a Auschwitz, en donde testimonios afirmaron que quienes tocaban se sentían mal por experimentar la felicidad que la pureza de la música proporciona entre las atrocidades; o a Janowska, en el que se ordenaba a los violinistas judíos tocar tangos durante las marchas, las torturas, los fusilamientos; o mientras se cavaban las fosas.

Hete aquí que ha pasado el tiempo y alguien vuelve a tocar un violín donde no debería. Ante quien no debería, y por motivos inhumanos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004