Era domingo por la tarde y estaba en mi jardín atlántico ojeando los suplementos de colores y las revistas atrasadas de la semana. Soplaba un viento sur que otra vez hizo posible el milagro del veranillo de San Martín, el santo de Tours que compartió su capa escarlata con los pobres, episodio que tanto le gustaba citar al gran Cunqueiro. Los mirlos picoamarillo y las palomas torcaces correteaban ruidosos entre las hojas doradas, rojizas, secas del bosque otoñal, mientras las gaviotas, que se habían alejado de la costa, planeaban con antigua elegancia circular por los cielos altos en busca de las corrientes más plácidas. Entonces, acariciado por el sol tibio del milagroso veranillo y por una brisa perezosa que traía ecos olorosos de las faenas agrícolas del otoño, cerré los ojos y tuve un ataque de espiritualidad. Así, como suena.
Por unos instantes maravillosos me sentí parte integrante de las partículas que conforman el universo concebido como un Todo; como un puñado de átomos particulares que se integran en una entidad superior y que son mucho más que la suma de todos los átomos de la astrofísica y de todas las moléculas de la bioquímica. No era la primera vez que tenía un ataque de espiritualidad, que es justamente lo contrario al ataque de ansiedad. Otra vez, lo recuerdo muy bien, me ocurrió el mismo pasmo místico en el desierto del Sáhara, muy cerca de Tamanrasset, y el más reciente ataque fue en la Toscana, ensimismado delante de las colinas neblinosas que rodean Siena. Pero esta vez era diferente porque la experiencia mística me pilló en un jardín atlántico que Voltaire hubiera apreciado y diseñado por un miembro de la Institución Libre de Enseñanza, y, sobre todo, me ocurrió en medio de la actual cruzada que Rocco Butiglione, el cardenal Ruini y nuestro no menos poderoso Rouco Varela (las 3-R moradas, gravemente peligrosas, del Vaticano) han organizado en Eurolandia desde que se han suprimido las famosas raíces cristianas del texto constitucional. Me desperté inquieto del ataque espiritual, como cuando te das cuenta de una mayúscula contradicción lógica, y me puse a ojear nerviosamente los suplementos y las revistas para tomar contacto con la realidad. Entonces tropecé con la portada de un Time atrasado que a toda pastilla rezaba The God gene (El gen de Dios) y lo entendí todo: la cruzada de las 3-R del Vaticano y mi maravilloso ataque del veranillo de San Martín.
Resulta que un científico de renombre, especializado en biología molecular, el doctor Dean Hamer, ha publicado recientemente un libro en el que sostiene la tesis de que la espiritualidad del hombre (Dios, para abreviar) se encierra en un instinto de base genética que nada tiene que ver con los factores sociales, proselitistas, culturales o catecúmenos. Después de miles de tests genéticos y psicológicos, el doctor Hamer ha llegado a la conclusión revolucionaria de que los individuos que muestran una espiritualidad más intensa son resultado de la posesión de un gen específico, el llamado Vmat2, ligado a ciertas sustancias producidas por el cerebro, como la dopamina y la serotonina, de fuerte impacto sobre el comportamiento humano. La primera conclusión a la que llego después de esta noticia científica sobre Dios es que a mí, que creía que estaba fabricado de genes volterianos e institucionistas, se me coló por alguna parte el Vmat2 (sospecho de mi tía María, la beata de la familia) y me pongo místico en contacto con el veranillo de San Martín, los desiertos monoteístas y las colinas de la Toscana. La segunda conclusión es que a los tres mosqueteros del Dios del Vaticano, a esas 3-R moradas que están formando el nuevo movimiento europeo de los teocons a imagen y semejanza de los famosos neocons excitados por el furor evangelista de la América profunda de Bush, les debe de faltar el gen del Vmat2; no sólo porque confunden todo el tiempo espiritualidad con religión, mística individual con política ultraconservadora, sino porque, observando de cerca a los tres, no los veo yo genéticamente inclinados a las experiencias místicas con los veranillos de San Martín.
El debate, por tanto, es teológico y de lo mejor. Resulta que a los individuos con mayor inclinación espiritual, dotados de ese gen que se transmite por herencia, el Vaticano les prohíbe reproducirse y multiplicarse. Ergo: si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y para ese divino proyecto dotó a ciertos seres del Vmat2, el gen de Dios, con la intención de que perpetuaran la raza espiritual, entonces no hay manera teológica de entender el celibato militante. Cada santo, místico, sacerdote o simplemente teocon que se niega a reproducir, a transmitir su precioso Vmat2, está literalmente abortando el diseño genético de Dios.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004