Podría ser el argumento de un clásico cuento de Navidad: "En el país de los niños se estaba perdiendo el interés por el juguete. Los pequeños preferían la ropa de marca, los CD de cantantes adolescentes o el dinero". Y sería un arranque tan literario como verosímil. En los últimos años se ha constatado en las principales ferias internacionales del juguete -Hong Kong, Nueva York o Núremberg- una infantilización progresiva del mismo. Los jugueteros dirigen cada vez más su artillería pesada de novedades a los más pequeños. Esos que apenas balbucean. Saben que si antes un niño era cliente fiel hasta los 12 o 13 años, ahora tendrán que sudar tinta para seducir al de ocho. Un rápido vistazo a los catálogos de juguetes que los grandes almacenes editan como cebo capturador del interés infantil es revelador: buena parte de sus páginas son artículos para bebés y preescolares de hasta cinco años. Arrastres, muñecos, bloques de construcción Y de ahí, a las videoconsolas, DVD y CD de cantantes de última hornada sin apenas transición. Oferta que se adecua fielmente a la demanda, porque éste es un mercado ferozmente competitivo y nadie se anda con titubeos experimentales innecesarios. Está en juego atrapar la mayor porción del gasto en juguetes de los padres españoles, que, según datos de la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes, fue de 192 euros por niño el año pasado.
¿Qué está pasando con los niños? Padres, educadores e investigadores de la pedagogía y la educación se hacen ésta y otras preguntas, como: ¿se están moviendo las barreras de la infancia?, ¿por qué esa pérdida prematura del interés por el juguete? Gonzalo Jover, catedrático de Teoría de la Educación de la Universidad Complutense, tiene su versión, basada en numerosas investigaciones que ha emprendido: "Los adultos estamos presionando al niño para que deje de ser niño. Exigimos en él autonomía cada vez a edades más tempranas. De alguna manera, les estamos robando la infancia, ya que tenemos mucha prisa porque se hagan mayores". Cuando encabezó el proyecto de investigación Crecer con derechos entre alumnos de tercer ciclo de primaria (ocho-nueve años) comprobó con sorpresa que, junto a reivindicaciones del tipo "hacer lo que quiera en mi tiempo libre" o "poder invitar a dos o más niños a casa", imperaban otras del mundo adulto, como el derecho a votar, conducir o elegir su propia ropa. "Los niños ya no nos reclaman tantos cuidados y protección como capacidad de autonomía. No quieren ser sólo mimados. Quieren aventurarse en el mundo por ellos mismos, que su voz se reconozca", concluye el estudio.
Comportamientos adultos. Ese afán de autonomía tiene un reflejo exacto en la indumentaria infantil, como constata María Costa, directora del departamento de pedagogía del Instituto Tecnológico del Juguete. "A los niños les estamos metiendo conceptos de moda con tres años. Ya de bebés queremos vestirlos con vaqueros y nos hace gracia que se parezcan a los adultos".
Pero luego esos mismos adultos se sobresaltan cuando una niña de cuatro años se empeña en ponerse la minifalda a la altura de la cadera, como las chicas de la tele o las mayores del colegio, o una de ocho pide un tanga y un top a los Reyes. Lo cuenta alterada Cristina Gutiérrez, de 38 años, madre de ambas. "¿Que qué le he dicho a la mayor? Que de tanga y top, nada de nada. Que ya tendrá tiempo". Lo de las prendas interiores la descompone tanto como ver a su hija jugar a su juego favorito: "Pone la música de Fran Perea y baila con contoneos insinuantes y sexuales. ¿Es eso normal?".
Tan normal o anormal como otra realidad cada vez más cotidiana e igualmente poco infantil: la presencia de televisor o equipo de música en el dormitorio de los pequeños. "A los chavales de seis u ocho años les ponen ya un miniapartamento en sus cuartos para que no molesten, y eso es una barbaridad", afirma María Aguirre, con más de dos décadas de experiencia tratando con niños y directora de la ludoteca El Gusano, de Alcobendas (Madrid).
Por su centro pasan desde bebés hasta niños de 12 años, y está permitida la entrada de adultos, lo que lo convierte en un laboratorio privilegiado de observación: "No es que los niños de cierta edad ya no quieran jugar", puntualiza, "es que está mal visto socialmente. Como lo está reconocer que no les gusta Harry Potter cuando es el libro que todos compran y me consta que muchos no leen. Ir a contracorriente de las modas es un pecado entre los adultos, y, por tanto, también lo es en el universo infantil".
Sin embargo, dentro de la ludoteca, un espacio aislado de presiones sociales, María asegura que los chicos juegan y se divierten como toda la vida. "Los niños siguen siendo niños. Es la sociedad y los padres los que los estamos haciendo viejos prematuros, muchas veces porque nos resulta más cómodo".
Expresiones como "¡qué mayor y todavía con juguetes!" o la asimilación del binomio jugar y hacer tonterías son habituales entre los adultos, como ha observado Inma Marín, asesora pedagógica de la Fundación Crecer Jugando. Detalles elocuentes que hablan de la devaluación social del juego: "Los niños ven que los adultos valoran mucho más las marcas, la ropa o la música que el juego. Y no olvidemos que ellos quieren agradar al adulto, así que actúan en consecuencia".
Seguridad y falta de tiempo. Además, el juego es molesto: genera ruido, movimiento y otros posibles daños colaterales que soliviantan a padres cansados tras una larga jornada. A esto se une el reducido tamaño de las viviendas, y en esta situación es más cómodo tener al niño tranquilo frente a una pantalla, sea de televisor, de ordenador o de consola.
La inseguridad y el miedo subsiguiente también han contribuido a que los padres digan no al juego infantil en calles y parques, y que los pequeños, en consecuencia, se recojan en casa. Pero además es que los niños, según confirman diferentes estudios, juegan menos porque tienen menos tiempo disponible. De lunes a viernes mandan las actividades extraescolares, como apunta Inma Marín, que traza una curiosa semblanza: "Si los padres tienen inquietudes culturales, los apuntan a piano o danza; que son deportistas, a fútbol o natación, y si son prácticos y técnicos, a informática o inglés. Por adecuarlos a sus horarios profesionales o por el afán de que aprendan mucho para enfrentarse a una sociedad competitiva".
Marín señala que una investigación de la Universidad de Pedagogía de Valencia concluye que "los niños son cada vez más sedentarios, interactúan menos con otros niños y se han vuelto más compulsivos". A parecidas conclusiones lleva un estudio realizado por Fernando Gil y Gonzalo Jover, de la Universidad Complutense de Madrid. De ella se deduce que el juego es cada más aislado: "Una cosa es lo que sucede en el patio del colegio y otra en casa. No hay una prolongación. En casa, los niños juegan mucho solos, muchas veces con juguetes que no necesitan un compañero de juego".
Además, las familias son menos numerosas y a veces no hay hermanos; entonces, el niño pasa al plan B y reclama a su progenitor como compañero, y es muy habitual que éste no tenga tiempo o ganas de ponerse a jugar con él.
Al 81% de los padres españoles le preocupa que el juguete sea educativo. Así consta en la Encuesta Juguetes 2004, que acaba de presentar Duracell, realizada entre 9.000 niños europeos de 5 a 10 años y sus padres. De ese afán pedagógico dan fe los fabricantes de juguetes, que se apresuran a colocar la etiqueta "didáctico" o "educativo".
Tranquilizar conciencias. "Los padres se sienten más en su rol si compran juguetes de alto valor pedagógico", corrobora Isabel de Haro, responsable de marketing de la línea preescolar de Fisher Price. De ahí el éxito de los juegos de este fabricante, que muestran reacciones causa-efecto que toda la vida se han aprendido con la experiencia doméstica cotidiana: por ejemplo, una casa pensada para bebés a partir de seis meses donde al abrirse y cerrarse la puerta suena una voz "abierto-cerrado". O donde hay un timbre de la puerta que suena. "Tiene mucha aceptación porque los padres cada vez quieren que el niño aprenda antes y de forma inducida las nociones que siempre se han aprendido por azar", resume Isabel de Haro.
Esta precocidad no convence a María Aguirre: "¿Qué sentido tiene, por ejemplo, poner en un correpasillos para niños de un año una sarta de números y letras, que no le van a aportar nada? ¿Por qué ese empeño en agotar las etapas infantiles antes de tiempo?
Los jugueteros lo tienen claro: si tu correpasillos tiene cinco melodías y el de la competencia diez, el padre adquirirá el segundo. Igual que prefiere comprarse para sí un automóvil con todos los extras. Es la tendencia, aseguran los actores implicados en el mundo del juego infantil. Si vivimos en la sociedad del microchip, lo más es el juguete con microchips. Con luces y sonidos, como mínimo.
Un estudio del Instituto de la Creatividad e Innovación de la Universidad de Valencia concluye que los niños de hoy son consumidores más informados. Más exigentes, más consentidos, más reivindicativos. Y que valoran el riesgo y la novedad como nunca. También la inmediatez. Quizá por eso, los pedagogos y responsables de ludotecas observan que cada día le dan menos oportunidades al juguete: si en el minuto uno no saben cómo se maneja, es fácil que lo abandonen. "La vida útil del juguete se ha acortado", constata Isabel de Haro.
La explicación de Gonzalo Jover es lógica pura, y habla del mundo adulto: "Antes los niños veían que los padres tenían que esperar y ahorrar con paciencia y esfuerzo para comprar algo. Ahora ven que piden un crédito y lo tienen al día siguiente". Ellos quieren lo mismo.
Y al igual que se ha pasado del "¿qué te han traído los Reyes?" al "¿cuántos juguetes te han traído los Reyes?", se ha pasado del "yo decido lo que compro a mis hijos" a la satisfacción casi literal de la demanda de éstos. Para no frustrarlos, porque, según María Aguirre, "nos da terror que se frustren, los estamos volviendo endebles".
Los padres encuestados para el estudio de Duracell desvelaron que, a la hora de comprar los juguetes, el 92% obedece las preferencias de sus vástagos, después buscan calidad y después ven ofertas y promociones.
La Asociación Española de Fabricantes de Juguetes, a partir de datos de la consultora NPD, aventura que este año los juguetes triunfadores serán las licencias de Spiderman, Harry Potter, las guerras del espacio y todo el merchandising basado en los últimos estrenos cinematográficos y televisivos, como Shrek o los Lunnis. Y aunque las niñas pidan discos y ropa para hacer bailes insinuantes, los padres no deben soliviantarse. "Están prolongando el juego simbólico. Es una forma de aprender el mundo adulto", tranquiliza María Costa. Y anuncia otra buena noticia: los juegos de rol y los superhéroes asociados a cómics y series de televisión están captando el interés de niños que habían empezado a abandonar el juguete porque encuentran una oferta que se adecua a sus intereses. Y más datos halagüeños: la televisión ocupa sólo el quinto puesto entre las preferencias de los pequeños para su tiempo libre, al mismo nivel que los deportes y por detrás de "jugar al aire libre", "jugar con amigos", "los juegos de ordenador y videojuegos". En primera posición de sus preferencias están los juguetes para el 44% de las niñas y el 27% de los niños, según el estudio de Duracell. Así que nuestro cuento navideño tiene un final cuanto menos esperanzador.
Bomba Bratz
"Los looks más fashion de la temporada" o "únete a las Bratz y los Bratz Boys, inunda las calles de colores llamativos y demuéstrale al mundo que lo importante no es lo que te pones, sino cómo lo llevas". Son reclamos que forman parte de la propaganda de la muñeca Bratz (Bandai), el juguete más vendido de 2003, según datos de la consultora NPD. Unas muñecas multirraciales, de cuerpos sexy, imagen hip-hopera, peinados y maquillajes atrevidos e infinidad de accesorios de impacto que nacieron hace dos años con el objetivo de atrapar a las niñas de entre 7 y 12 años que ya empezaban a dejar de jugar con muñecas. Ochenta millones de unidades vendidas en todo el mundo son buena prueba de que han dado en el clavo. ¿Por qué? Porque son el reflejo del estilo de las chicas de 16, su verdadero modelo. Al rebufo de Bratz han surgido copias de todos los colores y también su equivalente en muñeco modernísimo de bebé, el Jaggets de Famosa, destinado a niños a partir de tres años. Lo que no se puede discutir es que, al margen de los valores que transmiten, han conseguido prolongar el juego simbólico con muñecas aunque sea al trepidante ritmo del hip-hop.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004