El Ministerio del Interior vigila en los puertos de Freetown (Sierra Leona), Abiyán (Costa de Marfil), Accra y Takoradi (Ghana) siete barcos sobre los que existe la sospecha de que pueden ser utilizados para trasladar cientos de inmigrantes a Canarias. En esa labor está siendo auxiliado por servicios secretos de países de la zona. Ciudadanos españoles, griegos e italianos que se dedican al comercio de diamantes y alcohol son investigados por su posible implicación en el tráfico de personas, según fuentes policiales, diplomáticas y de ONG que trabajan en esa región de África.
Agentes de varios países investigan a ciudadanos europeos como posibles traficantes
La tripulación pinta los barcos y les cambia el nombre en el mar para burlar los controles
La semana pasada, el Gobierno canario anunció la "inminente" salida desde Freetown de un barco con un millar de subsaharianos, rumbo al archipiélago. El buque, un carguero de 49 metros, aún permanecía ayer amarrado en el muelle africano. Quienes lo han visto aseguran que su estado es "aceptable" para las relajadas exigencias de la zona y que su capacidad, incluyendo la cubierta, ronda las 400 personas. Un hombre blanco, que habla francés con fuerte acento extranjero, ha sido visto a bordo, pagando algunas reparaciones. La policía busca su imagen en los archivos de Interpol.
No es ése el único europeo que se halla bajo la mirada de los servicios de información. Las autoridades españolas, ayudadas por agentes secretos de Senegal, Cabo Verde, Guinea Conakry y Ghana, espían los movimientos de un grupo de españoles, griegos e italianos dedicados al comercio de diamantes y alcohol. Sospechan que pueden estar detrás de alguno de los tres buques que han llegado a Canarias cargados de inmigrantes este año.
Desde el norte de Senegal hasta el sur de Camerún, la jungla africana desagua en decenas de ríos. Esas venas verdes forman una red de estuarios, rías y lagos interiores que son el escondite ideal para cualquier barco dedicado a tráficos ilícitos. Y éstos no faltan en una zona que combina una de las mayores concentraciones demográficas del continente, una inversión de 50.000 millones de dólares por parte de las siete mayores petroleras del mundo, una decena de países carentes de organización estatal y una tasa de conflictos difícil de igualar en otro lugar de la Tierra.
Buques destartalados procedentes de la antigua flota soviética, cargueros agotados y pesqueros al borde del desguace son subastados en el estuario del río Moa, muy cerca de la frontera de Sierra Leona con Liberia, o adquiridos a bajo precio en los desmesurados embalses del Volta, en Ghana, o en la isla Mawabul, a un paso de la frontera de Sierra Leona con Guinea Conakry. Muchas veces, el precio es cargado a futuros beneficios en el comercio de madera o de cemento, en la pesca o en el traslado de personas. De esos negocios salen los barcos que llegan a Canarias cargados de subsaharianos.
Los traficantes captan a los inmigrantes en los tumultuosos puertos de Dakar (la capital de Senegal), Freetown, Abiyán, Accra y Takoradi. La noticia de la partida de un buque es lanzada en los corrillos de los muelles y corre, boca a boca, hasta los poblados del interior. Esas aldeas suelen estar formadas por decenas de familiares. Reunidos en asamblea, los clanes designan a su candidato para el viaje. Los parientes pagan a escote los 3.000 euros que cuesta el pasaje, una cantidad que sextuplica el precio de la travesía en patera desde el Sáhara Occidental, pero que evita al migrante un viaje de dos años por el desierto.
El elegido suele ser un hombre joven, capaz de defenderse en francés o en inglés, los idiomas de las antiguas potencias coloniales. Su responsabilidad es enorme: alcanzar el primer mundo, hacer fortuna y devolver multiplicado el dinero que su familia le ha prestado. De ahí que, para él, la repatriación sea el peor final de su aventura.
Provistos de un dinero que para ellos es sagrado, los migrantes siguen el curso de los ríos hacia el mar. Se desplazan desde Malí, Nigeria y Ghana. Por el camino sobreviven buscando pepitas de oro en las riveras, comiendo lo que cazan y vendiendo pescado ahumado. Cuando llegan al puerto, los traficantes les cobran por adelantado y los alojan por grupos en casas particulares. Los servicios de información acechan esos movimientos de personas. Es casi la única vía que tienen para cazar a los traficantes.
Seguir la pista de los barcos es mucho más difícil. Días antes del embarque, el buque zarpa con todos los papeles en regla. A bordo sólo están los tripulantes. Una vez en el mar, los marineros repintan el castillo, le cambian el nombre al barco y sustituyen su bandera. Con otro aspecto, arriban al puerto siguiente, donde un puñado de dólares bien administrados anima a los funcionarios a confirmar su nueva identidad.
Entre tanto, los inmigrantes han sido trasladados por tierra hasta el punto de embarque, que suele estar situado al norte del puerto del que ha zarpado el buque, generalmente en Senegal o en Cabo Verde. Amparado en la noche, el navío se acerca a la costa, donde esperan agazapados los migrantes. A la señal convenida, los traficantes los suben en chalupas y, a golpe de remo, alcanzan el navío. Desde ese instante, sólo una casualidad podrá impedirles alcanzar Canarias.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004