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COLUMNA

La ensaladera en Madrid

El equipo de la Copa Davis ha tenido el detalle de dejar la ensaladera en Madrid, a modo de talismán capaz de hacer a nuestra ciudad irresistible como sede de los próximos Juegos Olímpicos. Y desde luego un trofeo ganado con pasión y esfuerzo siempre será más efectivo en el mundo de los conjuros que una pata de conejo. Ha pasado una semana y aún no hemos olvidado la fuerza, seguridad y contundencia con que Carles Moyà ganó a Roddick. Nos impresionó su juego, pero más nos impresionó la forma como ganó; la forma como levantó el tatuaje del brazo, la frente con la cinta, la raqueta de la victoria y la mirada borrosa de quienes durante mucho tiempo han tenido en la retina un gran objetivo que cumplir. Más que ganar un partido parecía que acababa de conquistar una fortaleza, un territorio, y más o menos así ha sido, ha conquistado el país del tenis, que a falta de tierras tiene circuito y Grand Slam. Su gravedad, que no abandonó ni para hacerse las fotos como si no quisiera mezclar semejante triunfo con simple alegría pasajera, que no abandonó ni siquiera cuando reía, por lo que hasta la risa era seria, contrastaba con la sensación de vacaciones de verano que siempre ha logrado trasmitirme este deporte. Incluso la ensaladera parece diseñada para hacer ponche. Gente guapa, que con sus atuendos resulta más impresionante todavía; gradas repletas de damas y caballeros que alborotan cuando tienen que alborotar y se callan cuando se tienen que callar; el aplomo de una media de cuatro horas de fatiga donde el gesto más brusco consiste en recolocarse las hombreras o en corregir el sudor pasando los dedos por cejas y sienes, en lo que, por cierto, Àlex Corretja ha sido y es un maestro. Una lección de buen gusto, autocontrol y saber sufrir sin dar la nota, salvo que a alguno le acometa el síndrome John McEnroe y tire la raqueta al suelo.

Sobre la pista, todos los jugadores resultan algo irreales. Todos, y los nuestros los que más, tienen algo de los personajes de la novela de Giorgio Bassani El jardín de los Finzi Contini, con sus pantalones y faldas blancos, su despreocupada juventud, sus soleadas raquetas y la necesidad de matar el tiempo juntos. Ay, tengo la sensación de que toda mi vida he estado pasando tras la tapia de los Finzi Contini y he estado oyendo a lo lejos el golpeteo de la pelota en la raqueta. Y es que el tenis, como la risa de la Daisy de El gran Gatsby (para no salir del ambiente más genuinamente pijo), suena a dinero. No sé por qué siempre echo de menos que los jugadores de vez en cuando interrumpan el partido para pegar un sorbo a su martini.

Y de pronto llega Moyà, convertido en caballero templario, y me obliga a pensar en otras cosas. La verdad es que en estos largos y rítmicos combates uno tiene tiempo de fijarse en muchos detalles y de reflexionar sobre la vida, algo impensable con el fútbol, por ejemplo. Podemos contagiarnos de la concentración de los tenistas y, mientras ellos escudriñan la malla de la raqueta, adentrarnos en nuestro interior e interrogarnos sobre el éxito y el fracaso. ¿No será el reto de ganar una y otra vez un saco sin fondo? Habrá que preguntarse si correr tras una meta sirve en realidad para vivir mejor. Y habría que cuestionarse si a la larga el éxito tiene que ver con la felicidad. En muchos sitios hemos leído que no, los sabios siempre han tratado de abrirnos los ojos en este sentido, pero seguramente es para tranquilizar a los no ambiciosos y disuadir a los ambiciosos. Y son precisamente los que han hecho oídos sordos a estas palabras los que nos llevan la delantera en la escalada. Porque, no quiero ser aguafiestas, pero si el éxito es tan perseguido y a los que lo tienen les duele tanto apearse de él, por algo será. Quizá se esté mucho mejor con éxito que sin él, es una posibilidad. No tengo una estadística, pero juraría que la gente compra más manuales de cómo triunfar, atraer la abundancia, la fama y la buena suerte que sobre cómo fracasar con dignidad, cómo conformarse, o cómo resignarse y seguir viviendo, libros que no sé si habrá escrito alguien. Tal vez no hagan falta porque para eso está la literatura llena de grandes personajes perdedores, de seres anónimos que han inmortalizado a la gente corriente y nuestras variadas frustraciones.

En cuanto a los ambiciosos, cuidado con ellos (o con nosotros, para ser más exactos), porque son competitivos naturales y siempre pensarán que están jugando un partido de tenis decisivo, unos con más paciencia que otros y unos con más marrullería que otros, por supuesto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004