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Tribuna:

Ajustes en la niebla

La depreciación del dólar sigue condicionando de manera decisiva la rentabilidad de los fondos de inversión cuyos activos están, total o parcialmente, denominados en la divisa norteamericana. Así, los fondos de renta fija a largo plazo en dólares, que a un inversor radicado en EE UU le están proporcionando este año una rentabilidad de 2,16%, a uno europeo que hiciera el cálculo en euros le estarían dando pérdidas de 3,63%. Esa situación empeora aún más si la inversión se ha hecho en renta fija a corto plazo donde la rentabilidad anual en dólares se sitúa en el 0,79%, un colchón a todas luces insuficiente para absorber la evolución desfavorable del tipo de cambio, que los situaría en pérdidas medias de un 5%.

A mediados de la semana que termina, el dólar, tras marcar un nuevo mínimo frente al euro, experimentó una recuperación que parece transitoria, dada la presión a que está sometiéndole la casi unanimidad de opiniones sobre su depreciación adicional. A ello contribuyen las noticias o rumores que circulan sobre los eventuales reajustes en su reserva de divisas que están llevando a cabo algunos bancos centrales, como el de Rusia. Algo parecido estarían haciendo los países exportadores de petróleo; o China, cuyas reservas superan en este momento el equivalente a medio billón de dólares, lo que se está traduciendo en un aumento progresivo de la proporción que representa el euro en el conjunto de las reservas de los bancos centrales de todo el mundo (probablemente ya habrá superado en este momento el 20%).

Todo esto no quiere decir que el dólar vaya a perder su bien adquirida posición dominante como principal moneda de reserva, y encaja dentro de las oscilaciones propias de las diversas etapas por las que ha pasado y pasa la economía mundial. El proceso está teniendo lugar de manera tan ordenada (y sin provocar, por ahora, desajustes importantes en otros mercados) que ni siquiera se habla de crisis, como sí se hizo en los otros tres momentos históricos comparables en que el dólar sufrió una fuerte presión depreciatoria: en 1933, cuando Franklin Delano Roosevelt decidió devaluarlo, fijando el precio de la onza de oro en 35 dólares (desde 1837 había sido de 20,67 dólares); en 1971, cuando Nixon lo declaró no convertible en oro, antes de dejarlo flotar libremente en 1973; o, finalmente, entre 1985 y 1992, cuando llegó a niveles algo más bajos de donde está en este momento.

En el futuro inmediato parece, pues, que la tendencia bajista del dólar va a continuar y el argumento para explicarla continuará siendo que es necesaria para que la balanza por cuenta corriente de EE UU empiece a corregir un déficit que ya parece insostenible.

Cualquier inversión en dólares se torna, pues, extremadamente arriesgada si no se cubre el riesgo de cambio, aunque, para quien pueda soportar las minusvalías potenciales durante un cierto tiempo, quizá sea llegado el momento de volver a considerar los fondos en dólares como una inversión atractiva a largo plazo. A prueba de nervios.

Juan Ignacio Crespo es director general de Finanduero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004