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COLUMNA

Estaciones

EN UN paraje recóndito, de incomparable belleza, pues se trata de la hondonada de un valle, rodeado de verdes montañas, que, hace dos siglos, fue convertida en lago artificial, donde algunos árboles centenarios siguen creciendo, el cineasta coreano Kim Ki-Duk, rodó la película Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera (2003). Como en su anterior filme, también internacionalmente célebre, La isla, que se desarrollaba en un palafito, en éste asimismo la acción discurre en una casa flotante, aunque sus únicos ocupantes son un monje budista y su discípulo, lo que hace de la diminuta mansión una suerte de templo habitado. Ética y estéticamente mucho más depurada que la anterior, si bien su argumento, además del escenario acuático, cuyo atávico simbolismo universal ha aludido siempre a la fluida inestabilidad de la existencia mortal, incide sobre el mismo fondo de la pasión vital, la metáfora del paso de las estaciones cobra aquí toda la perentoria fuerza física de solapar las edades con la visión sucesiva de los cambios de paisaje. Todo resulta en este marco natural tan limpiamente evidente que el ánimo del espectador queda atrapado y sobrecogido sin necesidad de más explicaciones que las fascinantemente mudas de las imágenes.

No es que apenas haya diálogo en la película, sino que, en realidad, la sustancia del mismo se resume en una sola frase, que el maestro espeta al discípulo, cuando éste, en la plenitud de su vigor adolescente, pierde la cabeza por una chica con la que descubre el sexo y a la que por nada en el mundo quiere abandonar. Lo que dice el maestro es bien sencillo y fatalmente premonitorio: "El deseo implica posesión y la posesión acarrea el crimen". No es, pues, el amor, completamente natural, lo que es censurado por el monje, sino el patetismo de su alienante exclusividad, tal y como desdichadamente comprobará el discípulo fugitivo, que acabará asesinando al objeto de su frenesí erótico por la única razón de haber mostrado ella que, como él, ambos mortales, también -¡oh, grandísimo dolor!-, puede desear... Todo así queda trenzado: la inconsciente crueldad de la infancia, la locamente engallada euforia de la juventud, la perezosa rutina de la madurez, el solipsismo sabelotodo de la ancianidad, representados sucesivamente por la analogía fabulosa de un perro, un gallo, un gato y una serpiente. El paso de las estaciones se va transformando de esta manera en el cada vez más gravoso peso de la existencia, cuya carga sólo puede ser aligerada por la sabia consciencia del eterno retorno de lo mismo: esos decisivos puntos suspensivos que anteceden la espera y la esperanza de una nueva resurrección primaveral.

Al final de la película, cuando el lago helado comienza a resquebrajarse, una mujer, con el rostro completamente cubierto por un velo de seda, con el que en vano trata de ocultar su vergüenza, deposita en el sagrado palafito a una criatura no deseada, que es acogida por el escarmentado discípulo, ahora nuevo maestro, luminoso testigo del paso estacional. A veces, comprobamos que, en efecto, una imagen vale más que mil palabras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de enero de 2005