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Crítica:

Aquella reina de la fama

Con voluntad antológica se muestran en Madrid algunas series serigráficas más conocidas de Andy Warhol, el gran generador de iconos y acuñador del pop art.

Con voluntad antológica se muestran algunas de las series serigráficas más conocidas de Andy Warhol (1928-1987) y se exhiben algunos de sus trabajos como ilustrador de fundas de discos, portadas de revistas y libros, así como documentos fotográficos y cinematográficos de su actividad como figura pública junto a la que era necesario exhibirse. A los 17 años de su muerte, no vamos aquí a descubrir nada nuevo sobre su ajetreada vida ni sobre su dilatada y publicitada obra, sin duda más extensa (se calcula en cien mil trabajos) y difundida que la de Picasso, artista con el que los voceros norteamericanos se empeñan en comparar. Pero sí es cierto que debe seguir siendo el artista más conocido del planeta. Para conseguirlo ha sido necesario hacer descender el concepto "arte", al contrario de lo que aspiraba Schiller, a las cotas más bajas de interés intelectual, despojando sus obras de valor espiritual para encarrilarlas en el mundo de la vacuidad y la banalidad.

EL OJO MECÁNICO

Andy Warhol

Sala de la Consejería de Cultura y Deportes

Alcalá, 31. Madrid

Hasta el 16 de enero de 2005

Sirviéndose de las imágenes fotográficas más estereotipadas que suministra la industria del espectáculo y de algunos objetos que están cotidianamente al alcance de la mano del ciudadano, tales como los botes de conservas o las cajas de jabón en polvo, Warhol ha generado un mundo de iconos perfectamente reconocibles y aceptables por una sociedad inducida al consumo a través de las técnicas de la psicología conductista. Este ilustrador gráfico, sirviéndose de un lenguaje sencillo y eficaz, tiene el mérito, nada desdeñable, de haber sabido atraer hacia el arte la mirada de los devoradores de imágenes del papel cuché y de las iridiscencias televisivas. Para ello ha tenido que armar toda una "filosofía" propia, desgranada en aforismos sin continuidad narrativa que se pueden tragar sin dificultad, como las cuñas publicitarias.

Umberto Eco se dio cuenta que, frente al fenómeno de las masas consumistas dispuestas a asimilar como arte los productos del mercado, el mundo se podía dividir en "apocalípticos e integrados", es decir, en detractores y defensores de una "cultura" que necesariamente ha tenido que rebajar al espectador a la categoría de masa, permitiéndole disfrutar con los dorados y baratijas de la publicidad a cambio de negarle cualquier capacidad crítica. Me encuentro entre los apocalípticos, pero esto no supone dejar de reconocer el talento que rodeó a Warhol, que no sólo le permitió generar un estilo artístico, que conocemos con el nombre de pop art, sino convertirse a sí mismo en el símbolo de aquella década prodigiosa en la que todos podíamos ser reinas por un día y disfrutar de cinco minutos de fama. La suya, sin embargo, perdura aún.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de enero de 2005

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