Los indicadores de la economía alemana siguen inquietando a toda Europa. En enero, por vez primera, el número de parados en Alemania ha superado la barrera psicológica y real de los cinco millones, con la tasa de paro más alta (12,1%) desde la Segunda Guerra Mundial. En tan espectacular expansión del desempleo han influido factores estacionales y efectos estadísticos, como las reclasificaciones debidas a la entrada en vigor de cambios en los registros de paro o la inclusión de receptores de ayuda social que se encuentran en condiciones de trabajar. El reflejo ahora es más fidedigno, y más preocupante.
Las explicaciones son de manual. La economía lleva años en una senda de ajuste presupuestario, una de cuyas manifestaciones es el adelgazamiento del sector público. El origen de este proceso de ajuste fue la pesada absorción de la economía de la antigua República Democrática Alemana (RDA), un esfuerzo que está consumiendo los recursos de una economía poderosa que parecían inagotables. Las familias pierden la confianza económica, debido a las dudas que empiezan a gravitar sobre el sistema público, y desciende el consumo. La raquítica tasa de crecimiento se mantiene gracias a la competitividad de sus empresas, que se traduce en un elevado poder exportador.
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Las exigencias del Plan de Estabilidad agravan la debilidad alemana. Porque, a pesar de lo que mantienen tercamente los partidarios de la receta económica única (ajuste presupuestario en cualquier situación), Alemania necesita hoy de medidas de estímulo para la economía; precisamente lo contrario de las dietas anoréxicas en gasto e inversión.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de febrero de 2005