No sé por qué el empeño ahora de intentar conseguir que Madrid sea capital olímpica, si llevamos muchos años siéndolo. Sólo tenemos que darnos un paseo por la ciudad y comprobar con estupor todas las pruebas olímpicas que los madrileños tenemos que sortear.
A saber: salto de longitud de los socavones; carreras de obstáculos para evitar vallas, andamios y zanjas, y la prueba reina, que consiste en intentar cruzar una de esas vías de tres carriles con semáforo (calle Princesa, ronda de Toledo, Alcalá, etcétera) y llegar al otro extremo antes de que se haya puesto en rojo el muñequito que nos da paso a los viandantes.
Les puedo asegurar que ni Carl Lewis sería capaz de lograrlo. Yo, haciendo trampas y saliendo antes de tiempo, con el semáforo todavía en rojo para los peatones, no he conseguido llegar al otro extremo a tiempo. Imaginen entonces a una señora de 80 años intentando cruzar y sabiendo que, en cuanto se ponga el disco en verde, un coche pondrá las ruedas a 5.000 revoluciones por minuto para salir en tiempo récord.
¿Da o no da miedo? ¿Estamos o no estamos los madrileños hartos de olimpiadas en la ciudad?
Nos lo podemos tomar a cachondeo, pero es evidente que la hospitalidad de Madrid ha caído en picado en los últimos años. Ahora, Madrid es un sitio de ruidos y cabreos continuos, debido a un estrés provocado por las circunstancias de la ciudad. No es normal abrir zanjas en las dos aceras de una calle de doble sentido y para los coches a la vez. Es evidente que se convertirá en algo impracticable.
¿Por dónde se llevarán a los señores del COI los excelentísimos? ¿Por los baches o por las pocas calles que aún no están levantadas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de febrero de 2005