Miraban por nosotros,
sufrían con nosotros
y amaban nuestra vida.
Miraban a los ojos
Nos protegían siempre
de todos los dolores y de todas las lágrimas de todas las desdichas.
Pero un día se fueron para siempre.
Pasaron las horas, llegó la noche,
y un día, y otro, y otro,
y nunca más volvieron.
Me dejaron solo frente al mundo.
Sin saber adónde ir.
Sin querer la soledad.
Mirando a todas partes y a ninguna.
Buscando mi verdad, y amparando la suya.
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de marzo de 2005