Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crónica:LA CRÓNICA

¡Aletheia, aletheia!

Va a hacer ahora 10 años que en el barrio de La Mina, durante pocas horas, se instaló un monumento anticonmemorativo, denigratorio, condenatorio, anticelebrativo y recriminatorio, adjetivos todos que pertenecen al léxico corpóreo de su autor, el poeta Joan Brossa. El monumento era la cabeza, cortada y servida en una bandeja de bar, de José María de Porcioles, alcalde que fue, largamente, de Barcelona. Dice Stéphane Michonneau en su libro Barcelona: memòria i identitat. Monuments, commemoracions i mites: "El Ayuntamiento de Barcelona funciona, así, como un verdadero parlamento de memoria en que las decisiones que se toman comportan la definición de la comunidad por la determinación de su pasado común". Lo dice Michonneau respecto a Barcelona, pero creo que no habrá inconveniente en extenderlo a Sant Adrià del Besós. La comunidad, por boca de su alcalde, nunca aceptó la cabeza cortada de Porcioles que había ideado Brossa. Ese pasado común. Tras la efímera libertad de unas horas al aire libre de La Mina (el barrio que Porcioles alcalde había contribuido tan eficazmente a construir), la cabeza fue enterrada nuevamente en un sótano municipal. Hasta que, por fin, las autoridades, presionadas entre otros por el propio poeta, decidieron dejarla en el vestíbulo de la Biblioteca Popular de Sant Adrià.

La comunidad, por boca de su alcalde, nunca aceptó la cabeza cortada de Porcioles que había ideado Joan Brossa

He ido a verla, urgido por la política estatutaria. Impresionante asunto. A la entrada de la biblioteca, frente a la mesa de recepción y entre plafones de avisos, la nívea cabeza de mármol reposa sobre su bandeja de bronce y la bandeja de bronce sobre una silla de hierro. Todo el conjunto se asienta sobre un precario pedestal de madera, perfectamente integrado en el ir y venir cotidiano de la biblioteca. Los niños acarician la cabeza del prócer; a las viejecitas, siempre tan avariciosas, les tienta apartar la bandeja y sentarse en la silla, y los caballeros distinguidos la utilizan como horma de su sombrero. Se diría que el buen hombre de la cabeza cortada no parece especialmente infeliz de su destino. Ninguna luz lo ilumina, ni su presencia reclama la distancia de respeto de cualquier obra de arte. No puede decirse, ni mucho menos, que lo hayan alojado en un rincón vergonzante. Eso daría un cierto énfasis a su situación. No. Está en medio del pasillo. En medio de un pasillo bibliotecario en el extrarradio. Magnífico. Tan catalán, si eso existiera. Síntesis magnífica del surrealismo daliniano, del demi-point burgués y del porcino tot s'aprofita.

La cabeza es una de las escasas discusiones de la estatuaria barcelonesa, muy limpita e inofensiva salvo los abuelos blanco y negro de las familias Güell y López (próceres acusados de negreros) y el señor Batista i Roca (prócer acusado de terrorista). En realidad la única discusión seria que merece la estatuaria barcelonesa debería ser el lugar que ocupan las mujeres. En el recuento municipal aparecen 161 estatutas de mujer por 195 de hombres. No es una gran diferencia, aparentemente. Pero es que de esas 161 estatuas sólo ocho corresponden a mujeres, tipo Margarida Xirgu, Petra Kelly, Carmen Amaya o la Reina Isabel II. El resto son Mediterrània, Serenitat, Bellesa, Maternitat, Desconsol y otras anfractuosidades. Sorprende que el catálogo, que distingue entre hombres, mujeres y alegorías (escritura o mar), no introduzca a la mujer como una alegoría más.

Vuelta al Porcioles de Brossa. Aun confinado en un lugar absurdo (del que por cierto sale y entra con frecuencia, reclamado para exposiciones diversas: es una obra muy interesante: en todos los bustos hay un cabeza cortada, pero éste es el único donde se ve el corte), no deja de ser una rareza mundial. Un monumento concebido para denigrar. Aunque debo hacer aquí otro excurso porque la mañana en que fui a verla trabé conversación con un joven que me dijo:

-Mire, yo por mí que la quitasen, porque ese tipo no era precisamente de mis ideas.

Es decir, el joven eludía la humillación de la cabeza cortada y atendía al honor del monumento: precioso ejemplo de significante que se impone declaradamente al significado. Pero en el curso sigue la evidencia de que los monumentos no están ideados para dañar, y que éste es, pues, una extrañísima anomalía. Que yo celebro. Mejor esa cabeza cortada que la damnatio memoriae, que en el mundo antiguo suponía la condena del recuerdo y que se expresaba, entre otros procedimeintos, por la destrucción de toda imagen que recordara el paso por el mundo del condenado. Tal vez fuera más maduro concebir las ciudades como espacios dialécticos (como biliotecas, como museos) antes que como teatro banal de los homenajes. Pensar, por ejemplo, en que la cabeza cortada de Brossa pudiera dialogar con otra cabeza alzada en alguna sede jurídica, como franco homenaje al Porcioles que compiló el Derecho Civil catalán. O bien sola, expuesta y exhibida en bandeja, à plein air, interpelara a unos y a otros sobre sí misma. Como interpela un rabón en un pegaso.

En Grecia lethos era olvido y aletheia era su antónimo. El antónimo no era memoria, sino verdad. La historia dice que lo contrario de la verdad es el olvido. Convendría aplicarlo a la joven política estatuaria. Y saludar, desde esta etimológica conveniencia, al poeta y al alcalde, y su forcejeo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005