Son necesarios los artículos como el de Paco Tortosa sobre la especulación urbanística que no sólo argumentan desde la lógica y la razón la inconveniencia de hipotecar el territorio, sino que también apelan a la sensibilidad paisajística, a la memoria y al patrimonio natural compartido. La urbanización descontrolada se percibe como un problema legal, de forma, en el que una muy permisiva Consejería de Territorio y Vivienda se limita a reajustar los proyectos. Con esto se consiguen dos cosas: la primera, las efectivas pero vacías declaraciones del señor Blasco justificando el recelo con el que vela por el medio ambiente; la segunda, evitar el ineludible debate de fondo sobre el territorio y su futuro. La condición de LIC de los Alforins es significativa, pero no justifica que toda la atención se desvíe a los espacios protegidos amenazados. Cada día se declaran nuevas zonas naturales con regímenes de protección, y tal vez será demasiado tarde cuando pensemos en proponer como ZEPA, LIC o parque natural algún recoveco del país que ya tenga bien visibles las cicatrices del cemento. Ejemplos no faltan. No sólo es cuestión técnica, de cómo llevar el agua o mover la tierra sin generar riesgos excesivos. No sólo es cuestión económica, de enriquecimiento (ficticio e intangible) del municipio. No es sólo cuestión de un PGOU o de una ley. Es cuestión suya, de sus abuelos y sus nietos, mía, es cuestión de preservar parte de nuestra memoria igual que guardamos los libros y archivamos los periódicos. Es cuestión de entender el territorio como un patrimonio y el paisaje como un valor, de entender que un país no sólo se mide por los habitantes y el PIB. De pararse un segundo, en definitiva, y preguntarse si realmente queremos tener Alzheimer medioambiental, y que se nos olvide por qué un monte se llama el Carrascal si ahora sólo hay un césped monocromo salpicado de hoyos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005