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COLUMNA

Lágrimas

Con respeto y desenfado, el rabino principal del estado alemán de Schleswig-Holstein cuenta un chiste divertido que alude a los poseedores de la religión verdadera: Llega un viejo judío, se va al cielo y ve allí un enorme muro; pregunta entonces que qué es lo que hay detrás del muro, y le responden que detrás del muro están los católicos, porque los católicos piensan que son los únicos que llegan al cielo. Añade luego el rabino que él espera que Karol Jósef Wojtyla vaya al cielo, porque si algún papa mereció fue él al asumir la responsabilidad histórica de la Iglesia en las persecuciones antisemitas y en las cruzadas, porque visitó Israel, y porque su trabajo bien hecho le hicieron merecedor de un reposo tranquilo y de bendición.

Walter Rothschild, que así se llama el judío del frío norte, anda por la cincuenta y pico de años, y responde a la pregunta "¿Va a ir el Papa al cielo?", que el periódico de izquierdas Tageszeitung de Berlín formula a distintos personajes del escenario social; un escenario social alternativo a lo que venimos en llamar pensar común de las mayorías: desde un conocido publicista ateo hasta la primera mujer luterana que llegó a obispo, pasando por el director de una revista satírica o la dama que fue un día profesora de religión y cambió su trabajo por el de cabaretista, e incluyendo a teólogos católicos y a representantes de la comunidad musulmana. De forma diáfana o entrelíneas, casi todos vierten una opinión favorable a la trayectoria del Papa polaco en cuanto se refiere a la consideración que tuvo con quienes sienten, creen y piensan de forma distinta en materia religiosa. "Va al cielo", concluyen los responsables alternativos del reportaje, unas horas antes de que las campanas de San Pedro iniciaran sus sones de duelo.

Mientras uno dobla la páginas del periódico alternativo, que acaba de hojear, aparecen en las pantallas los rostros humedecidos de miles de creyentes en la gran plaza vaticana. Las pantallas están instaladas en los interminables corredores de esos aeropuertos europeos donde se amontona la gente cuando comienza o finaliza la Pascua. Transmiten las primeras honras fúnebres. Las lágrimas de los creyentes manifiestan y explican el sumo sentimiento por la desaparición de un histórico polaco que respetó e intentó asumir al diferente en materia religiosa. Algo que en estas tierras hispanas y valencianas se echó a faltar durante siglos.

Porque las legítimas lágrimas de unos creyentes pueden evocar en la memoria de otros creyentes las lágrimas de aquellos judíos que un día tuvieron que dejar su Sagunto, su Valencia o su Castellón natales, porque eran alternativos y no pertenecían a la mayoría bienpensante, que tiene aparte su recinto en el cielo. Unos judíos que no tuvieron a mano un papa que rezase con ellos en su Sinagoga, como lo hizo el papa Wojtyla. También evoca la memoria una ingente masa de musulmanes hacinados en las playas de La Plana, valencianos alternativos también que llegan al cielo, aunque se quedan allí en la parte exterior del muro de los privilegiados. Llorarían quizás también aquellos valencianos con el Corán en la mano y mirando el mar, sin la esperanza de que un papa romano acudiese a su mezquita, como acudió el papa de Wadowice. Y luego están, claro está, las lágrimas de mucho ilustrado, librepensador, masón o republicano blasfemo que igual llegaron al cielo, y no tuvieron en este infierno intolerante de aquí abajo ni la más mínima compasión del pelotón de fusilamiento, bendecido por la mayoría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005