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COLUMNA

Pontífice

Hay que remontarse cinco siglos, al Renacimiento, para encontrar papas no italianos que precedieron a Juan Pablo II, el longevo pontífice polaco cuya muerte se anunció el sábado desde el Vaticano a todo el mundo, en el epílogo de un mandato que hizo de los medios de comunicación su instrumento preferido. Concretamente, hay que remontarse a Adriano de Utrecht, aquel humanista amigo de Erasmo que fue tutor del emperador Carlos V y obispo de Tortosa y que accedió al solio con el nombre de Adriano VI, en un pontificado breve (de 1522 a 1523) durante el cual no pudo corregir la deriva que ya abría en Europa la brecha protestante. Tardaría la Iglesia católica en rectificar con austeridad su fastuosa opulencia y ya era tarde para frenar la reforma de Lutero. Le falló a Roma en aquel momento crítico la política. No supo encarar los cambios. La época del "pontífice-monarca" se venía abajo. Si apenas dos décadas antes, con un Papa valenciano, como escribió Almela y Vives, "lo que pudiera llamarse política de Alejandro VI -que, además de supremo jerarca eclesiástico, era un soberano temporal- constituyó en síntesis un esfuerzo para robustecer el poder y, por lo tanto, la independencia de la Iglesia Romana", la historia presagiaba a inicios del siglo XVI el concilio de Trento y la contrarreforma, convocando otro pulso político y otras astucias. Nadie le negará a Karol Wojtyla, medio milenio más tarde, ni el pulso ni la astucia con los que ha conducido un pontificado que, una vez asumidos los valores de la democracia y los derechos humanos, se ha enfrentado a la expansión de la laicidad y de las libertades civiles cerrando filas para dar la batalla del poder donde hay que hacerlo en las sociedades de masas: la esfera de la opinión pública. En eso, ha sido un Papa moderno, conservador y mediático, muy en sintonía con las nuevas derechas y sus desacomplejados extremismos. Juan Pablo II optó por rearmar a la Iglesia en el combate ideológico, lleno de reticencias, de una contrarreforma no declarada frente a la apertura optimista al mundo moderno que propuso en su día el concilio Vaticano II, una herencia de Juan XXIII, pontífice de mayor envergadura cuyo mensaje tiene la virtud de resultarle al conservadurismo todavía incómodo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005