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Crítica:ROCK | Mark Knopfler

El otro 'boss'

La liturgia eterna del rock se repite con Mark Knopfler cada vez que visita Madrid. Pasó otra vez la noche del sábado, con el nuevo Palacio de los Deportes a tope, y entregada la gente días antes de comenzar la celebración. Consiste en no desentonar, tocar bien, entregarse y tirar de repertorio conocido. Knopfler lo tiene, aunque sigue siendo el que creó junto a (o para) los Dire Straits el que consigue los mayores aplausos.

Pero como las liturgias sólo tienen sentido si se completan con la complicidad de los que acuden a ver a un astro de tal magnitud, podría decirse que la presentación en directo en España de Shangri-La, el reciente disco del guitarrista, cantante y compositor, fue un auténtico éxito aunque no fueran, precisamente, las nuevas canciones las más aplaudidas. Al menos por veteranía, Knopfler conoce los secretos de esas liturgias, y sabe hacer creer que está disfrutando, que se entrega, que toca como los ángeles y que tiene ganas de agradar. Contaba a su favor, además, que el nuevo recinto ha superado de manera descomunal las ínfimas garantías sonoras que tenía el anterior Palacio antes del incendio que le destruyó por completo.

Mark Knopfler

Mark Knopfler (voz y guitarras), Glenn Worf (bajo); Chad Cromwell (batería); Richard Bennet (guitarra); Guy Fletcher (teclados), Jim Cox (piano, órgano y acordeón). Palacio de Deportes (Madrid), 2 de abril de 2005.

Así que con la enhorabuena de haber ganado para la ciudad un buen lugar para conciertos multitudinarios, y comprobándose desde las primeras notas la calidad de la acústica y del oficiante en cuestión, lo mejor era darse al festín y constatar que el disfrute venía tanto del escenario como de las cerca de doce mil personas que rugían como una sola.

Salió Knopfler, como siempre sobrio y discreto, haciendo de su guitarra una prolongación de su propio cuerpo. Eran un poco más de las nueve y media de la noche, apenas unos minutos antes de que por el Palacio corrieran los primeros rumores sobre el desenlace fatal que se vivía en la Iglesia Católica. Canciones de su anterior disco, The Ragpicker Dream, y del nuevo, Shangri-La, se alternaban con viejas conocidas como Walk of life, What it is o Sailing for Philadelphia. Con Romeo & Juliet Knopfler dio a entender que no le iba a costar nada recrearse en el sonido de Dire Straits. No se había llegado ni a la primera hora del concierto cuando, con su inconfundible guitarra roja, esbozó los primeros acordes de Sultans of swing, la monumental y perfecta canción con la que el grupo y él se dieron a conocer de forma masiva en todo el mundo a mediados de los setenta. Sonriente, tranquilo, y aparentemente emocionado como si nunca la hubiera tocado, deslizó su mano por el mástil y le salieron esos fraseos guitarreros inconfundibles de los que hizo su estilo e imagen de marca. Cada nota en su sitio, cada dedo en su lugar, y esa voz casi lúgubre que al hacerse susurro, acaricia.

Aunque fue el momento más alto, y no se volvió a coger ese tono, el concierto discurrió plácido a los compases que él marcaba, como si fuera un jefe mandón pero al que no se le nota que manda. De ahí su autoridad, lo mismo cuando coquetea con el público improvisando con su guitarra para acompañar el consabido "oe, oe, oe, oeee", como cuando cambia de guitarras o agarra el dobro (guitarra folk metálica), o como cuando decide sentarse para desgranar la tanda de canciones más suaves. Con las tan conocidas Brothers in arms, So far away, Money for Nothing y Coming Home completó los bises, dando una lección de autoridad que le convertirían en el nuevo jefe (boss) de ese público adulto degustador del rock eterno, sino fuera porque el título ya lo ostenta otro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005