El rejoneador portugués Rui Fernández salió a hombros por la Puerta del Príncipe sin pena ni gloria. La verdad es que no mereció tan alto galardón. Iba feliz, como cualquiera al que se lo lleven en volandas por tan sagrado arco maestrante, pero le debe dar las gracias al presidente del festejo, que le hizo el regalo de su vida.
Cortó dos orejas de saldo porque el usía, de pañuelo flojo toda la tarde, se empeñó en echar por tierra la categoría de la plaza. Y no es que sea veleidoso el tal presidente, pero ayer no tuvo su día. Lo cierto es que renunció a poner orden, actuó como si el espectáculo de rejoneo fuera de tono menor y la Maestranza se hubiera convertido en una plaza portátil.
Murube / Seis rejoneadores
Toros despuntados para rejoneo de Murube, bien presentados; manso y descastado el primero, y manejable el resto, aunque en todos predominó la falta de casta y codicia. Leonardo Hernández: rejón trasero y bajo (ovación). Luis Domecq: rejón fulminante (oreja). Rui Fernández: bajonazo (dos orejas). Salió a hombros por la Puerta del Príncipe. Martín Burgos: rejón trasero -aviso- y dos descabellos (ovación). Alvaro Montes: pinchazo (oreja). Sergio Galán: pinchazo, rejón trasero y un descabello (ovación). Plaza de la Maestranza. 3 de abril. Tercera corrida de feria. Tres cuartos de entrada.
Y eso no está nada bien. El rejoneo no es menor en el precio de las entradas, lo cual no es ninguna broma; ni lo es en la importancia de los premios que se conceden. Y estamos, además, en pleno abono de la afamada Feria de Abril, que algún respeto merece, y en un templo del toreo, -más respeto añadido-. Es verdad que el público es distinto, festivalero y aplaudidor hasta la exageración, pero la exigencia debe ser la habitual en este coso, imprescindible para no abundar a la decadencia del espectáculo.
Pues el presidente se olvidó de prestigio, categoría y exigencia, se contagió de la euforia colectiva e infligió un rejonazo en los costillares a la Maestranza. Ahí queda eso.
Pero ¿qué fue lo que hizo Rui Fernández? Pues que tuvo una actuación simplemente airosa: clavó rejones al quiebro, templó bien a dos bandas y se alivió como todos sus compañeros al clavar a la grupa. A la hora de matar lo hizo con un rejón en los bajos que produjo un derrame abundante de sangre y la muerte fulminante del animal. Y fulminante y sorprendentemente, el presidente sacó dos veces el pañuelo blanco y se cubrieron de gloria el rejoneador, que no se lo creería, y el usía, al que es de esperar que le pese como una losa tan desafortunada decisión.
En general, el espectáculo resultó divertido para un público nada exigente, pero, en realidad, no aportó nada nuevo al arte del rejoneo. Los caballeros se adornaron, clavaron con facilidad, corretearon a granel, pero adolecieron de personalidad propia, calcados unos de otros. Se alivian todos, eso sí, al clavar siempre a la grupa en lugar de hacerlo al estribo, como mandan los cánones. Pero, qué más da si se trata de conseguir el aplauso fácil. Unos están especializados en el quiebro; otros, en el violín, pero casi todos clavan alargando tanto la mano que parece el extremo de un brazo mecánico. Es decir, hubo poco toreo.
Sobrio y técnico se mostró Leonado Hernández. Se enfrentó al toro más parado de la tarde, dejó la impronta de buen caballista y mató mal. Mejoró Luis Domecq respecto a actuaciones precedentes. Más entonada y alegre, clavó con acierto y mató de un rejón en lo alto. La suerte del violín la inició Martín Burgos. Al quiebro y al violín, más difícil todavía, colocó una banderilla. Falló en el tercio final y nos libramos de otra Puerta del Príncipe. Álvaro Montes rememoró a Javier Buendía con la suerte de la garrocha y se mostró muy espectacular y despegado casi siempre. A buena altura Sergio Galán, aunque abusó de las pasadas en falso.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005