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Crónica:EL FIN DE UN PAPADO | Los fieles

Campamento improvisado en la plaza de San Pedro

Miles de jóvenes desafían el frío en una vigilia de velas y cánticos

Murió el Papa. Brotaron aplausos en la plaza de San Pedro. Doblaron las campanas. Se rezó la oración del Rosario. El cardenal Angelo Sodano despidió a los miles de fieles congregados en la plaza, que empezaron a disgregarse en silencio. Y entonces, la música tan embridada, tan inherente a la historia del cristianismo, retornó a la plaza. A la una de la madrugada había decenas de corros alrededor de las guitarras. Jóvenes llegados de todas partes de Italia con sus mochilas y sus sacos de dormir iban recostándose en el suelo, alrededor de velas que parecían pequeñas candelas diseminadas al pie de la basílica. Un apuesto seminarista italiano, de casi dos metros, disfrutaba tanto con la canción de un corrillo y la de otro cercano, que no sabía a cuál de ellos acudir y en cuál de ellos cantar.

"Podemos hacer fiesta por él; está ahí y nos mira", decía Irene, romana de 20 años

"¿Cómo se puede vivir en Roma y no acercarse a la plaza de San Pedro?"

Lidia, de 25 años, llegó con 10 amigos repartidos en dos automóviles desde Verona, a 500 kilómetros de Roma, todos ellos, miembros de la comunidad neocatecumenal. "Llevamos seis hora viajando y vamos a pasar en la plaza la noche". El profesor milanés Luca, de 32 años, llegó desde Milán sólo para pasar un día en la plaza. Otros jóvenes habían pintado una pancarta que decía: "Karol, 85 años de juventud". No hubo manera de convencerles de que Juan Pablo II no había muerto con 85 sino con 84 años. Para combatir el frío, los jóvenes pegaban los sacos de dormir unos con otros, formando pequeño círculos.

Velas y flores en las farolas. Fotos de Karol Wojtyla en el suelo y en las paredes de las fuentes. Y más mantas y más guitarras conforme avanzaba la noche. Sonaban algunas voces prodigiosas, la mayoría de ellas en italiano. Y también en polaco. Voces suaves que se ensamblaban a la perfección con otras más graves. Sobre el cielo de la plaza sólo se veía una estrella. "¡Tu sei il piu bello!" (eres el más hermoso). Cientos de manos por aquí y por allá dando palmadas a un ritmo jubiloso. El casco de las motos en el suelo servía de instrumento de percusión. "Podemos hacer fiesta por él, está ahí y nos mira", decía Irene, romana de 20 años.

La ciudad, durante varias horas, se sumió en un embotellamiento de tráfico. Era noche de sábado. Y miles de jóvenes, en los alrededores de la plaza de San Pedro, bailaban, bebían y gritaban como cualquier otra noche de sábado. "Hay amigas mías romanas", comentaba una española que lleva varios años residiendo en Roma, "que no han venido. Y yo es que no lo entiendo. Si es que esto es un hecho histórico. ¿Cómo se puede vivir en Roma y no acercarse a la plaza?"

A las tres y media de la mañana arreciaba el frío. Los jóvenes católicos seguían cantando. Las autoridades ya habían instalado en los alrededores de San Pedro urinarios portátiles y equipos médicos avanzados en previsión de la avalancha que se avecinaba para la misa de la mañana del domingo. A las cuatro de la madrugada habría unas mil personas en la plaza. Algunas de ellas, ya dormidas.

A esa misma hora, el empresario Alberto Piñana, de 44 años, viajaba en su coche desde Madrid, con sus dos hijos de 13 y 15 años y su sobrina de 15, en dirección a Roma. Había salido a las once y media de la noche desde Madrid. No durmió. Quería llegar a la plaza para asistir a la misa por el Papa que se celebraría por la mañana. Y llegó. En Madrid se habían quedado sus dos hijos pequeños y su esposa, quien arribaría hoy a Roma. Cuando los canales de televisión ofrecían una vista aérea de San Pedro, sobre las decenas de miles de cabezas destacaban dos banderas españolas. Quienes la sostenían eran Alberto y su hijo. "Estas banderas las sacamos a la calle cuando el 11-M. Tenían dos crespones y se los hemos quitado para venir", decía Alberto. Se acordaba de que hace 20 años, el 31 de marzo de 1985, en la primera reunión de jóvenes españoles con el Papa, cuando no habían nacido ninguno de los hijos de Alberto, Juan Pablo II les dijo: "Nos veremos en la Puerta del Sol".

Veinte años después, Alberto Piñana, que asegura no pertenecer a ningún grupo religioso, confiesa sentirse "muy orgulloso" de asistir a la misa por el Papa. "Es una persona que ha sabido crear un ejército de jóvenes con las armas de la palabra. Ha ganado su batalla sin derramar una gota de sangre que no sea la suya. Ojalá que cunda el ejemplo en los políticos". En cuanto a la misa en sí, Alberto reconocía que al oficiarse en italiano, la compresión no era fácil. "Pero me ha parecido muy profunda. Y sobre todo el mensaje final que ha dejado el Papa: que cree en la resurrección y que se va feliz".

Cuando terminó la misa, las decenas de miles de creyentes marcharon a sus casas y de nuevo, como cada mañana, coincidían en la plaza de San Pedro los cristianos que siguen cantando y rezándole a Wojtyla y miles de turistas que pasean en bicicleta o saboreando helados en la apacible tarde de abril.

Denise, brasileña de 28 años, llevaba junto a sus amigas una bandera de su país. "Hemos venido a las nueve de la mañana y no nos vamos a ir hasta las diez de la noche. En mi país se quiere mucho a Juan Pablo II".

Michael Varghese, un indio de 27 años, charlaba con un ciudadano de Sri Lanka que también portaba una bandera de su país. "En la India", decía Varghese, "los cristianos somos una minoría, pero sabemos apreciar todo lo que Juan Pablo II ha hecho por nosotros. Hay muchos inmigrantes que han venido desde la India a Europa huyendo de la pobreza y el Papa ha luchado para que se les provea de comida, trabajo y alojamiento".

La música seguía animando a los transeúntes de San Pedro. Con menos corrillos que por la noche. Pero aún se oían aleluyas entre el manar de las dos fuentes y "tu sei il piu bello dei figli di Adamo" (eres el más hermoso de los hijos de Adán). Y el aire de la tarde y el murmullo de la música se metía en los aposentos del Papa. El balcón aledaño al que Juan Pablo II se asomó por última vez había sido abierto de par en par.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005