El fundador de una importante congregación religiosa solía decir a sus hijos que debían actuar en su vida "como si Dios no existiera". Los 117 cardenales que las próximas semanas van a elegir al nuevo sucesor de Pedro, es decir, al nuevo obispo de Roma, saben, por fe, que es el Espíritu Santo quien va a elegir, en el secreto del cónclave, al nuevo Papa. Al mismo tiempo son bien conscientes de que ellos tienen que actuar "como si el Espíritu Santo no existiera". Y así lo harán. Por eso, en dicha elección entran razones de todo orden, desde lo religioso a lo político. De ahí que, para poder intuir sobre quién recaerá el peso del nuevo papado, es imprescindible analizar las relaciones de fuerza de los cardenales. De todos, es decir, de los 183 actuales y no sólo de los 117 que, por no haber cumplido aún los 80 años, tendrán derecho a voto.
Difícilmente podrá ser elegido un Papa de una potencia importante, como un alemán
Los europeos podrían decidir, por razones políticas, que el Papa sea latinoamericano
Vistas así las cosas, la elección del nuevo papa, por lógica de poder, está aún esta vez en manos de los cardenales europeos, que son exactamente la mitad de los cardenales de los cinco continentes. De todos: de los que votan y de los que no votan. Los europeos son 97 del total de 183, y 58 del total de los 117 electores. Para tener una idea, los latinoamericanos son 31, de los cuales van a votar sólo 21, y los africanos, 15 y 11. El continente asiático, donde empezando por China se va a jugar en parte el futuro de la Iglesia católica, va a contar en el cónclave sólo con 11 cardenales.
Cuando se habla de la elección del Papa se suele pensar sólo en los que van a votar, sin pensar que, por ejemplo, esos 39 cardenales europeos que no van a votar porque han cumplido ya 80 años pueden aún tener mucho poder de influencia, ya que muchos de ellos pertenecieron a la Curia, es decir, a la máquina de poder de la Iglesia. Baste pensar que en Brasil, los dos cardenales con mayor influencia son dos que no votarán: Aluísio Lorscheider y Dom Paulo Evaristo Arns, quienes no dejarán de ser consultados por los otros cardenales más jóvenes.
Los cardenales europeos son los más conocidos dentro del colegio cardenalicio, porque suelen ser los que más viajan, los que mejor dominan los idiomas, los que más escriben y los más entrevistados por los medios de comunicación. Son, además, junto con los norteamericanos (18 y 14 electores), los que pertenecen a las diócesis más fuertes económicamente y que, por tanto, son los que sustentan las finanzas vaticanas. Muchos de estos europeos, además, trabajan en la Curia romana.
Ello no quiere decir que el próximo Papa vaya a ser necesariamente un europeo, que es lo más probable, pero sí que la clave de la decisión estará en los europeos. Ellos son los que podrían decidir la elección de un Papa no europeo, como fueron (concretamente los alemanes) quienes decidieron en el cónclave que eligió a Wojtyla que no iba a ser más un italiano. Y la fuerza que aún tienen en la Iglesia los cardenales europeos, la mayoría al frente de diócesis muy importantes y con mucho influjo político, no radica sólo en el mayor número de votos con los que cuentan, sino en el influjo que ejercen en los demás cardenales. Es casi imposible, por ejemplo, que sea elegido Papa el cardenal Ratzinger, el vigilante de la ortodoxia papal, pero sin duda tendrá más influjo que decenas de otros cardenales.
Por eso, los europeos podrían decidir, por razones de política religiosa, que sería importante un Papa latinoamericano, dado que la mitad de los católicos actuales son de aquel continente, donde además las sectas evangélicas le comen terreno cada día a los católicos. Sólo en Brasil, la Iglesia católica está perdiendo un millón de fieles cada año, que se van con los evangélicos más introducidos en los ambientes pobres de las favelas y de los barrios populares. O podrían pensar en un Papa asiático considerando sobre todo la evolución de China, donde se ha duplicado en poco tiempo el número de convertidos al catolicismo. El Papa Wojtyla se quedó con la espina de no poder pisar Pekín, pero hoy las cosas están evolucionando también allí. Pero serán los europeos los que tendrán en su mano la decisión. Porque además con ellos votarían los cardenales de América del Norte. Los otros grupos, tanto los latinoamericanos como los africanos o los asiáticos, no tienen fuerza por sí mismos para elegir a un Papa, y menos uno que desagradara a los europeos.
Hay también algunos elementos que, seguramente, serán tomados en cuenta por los cardenales. Siempre ha sido así en el último siglo. Por ejemplo, difícilmente podrá ser elegido un Papa de una potencia política importante. Difícilmente será, por ejemplo, un alemán o un norteamericano. El Vaticano es un Estado independiente y el Papa es jefe de Estado e influye en la política mundial. Mejor que sea de un país con poca influencia. Además, deberá hablar italiano. Es poco probable un Papa que, siendo obispo de Roma y viviendo en Roma, no hable italiano. Y son fundamentalmente los europeos los que han estudiado en alguna de las universidades eclesiásticas de la capital eterna. Cuando eligieron al Papa polaco hace 26 años lo tuvieron muy en cuenta. De hecho, al salir a dar la primera bendición al balcón central de la Basílica de San Pedro, contra una tradición de siglos, Karol Wojtyla, en vez de limitarse a dar la bendición, quiso hablar y lo hizo en italiano. El nuevo Papa había estudiado dos años en el Instituto Angélico de Roma, de los dominicos, y hablaba italiano.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005