Francia ha celebrado por todo lo alto el centenario de Jean-Paul Sartre. Documentales, programas y debates sobre su legado intelectual y político en la radio y la televisión, suplementos especiales en los principales diarios y semanarios, una profusión de nuevos libros sobre su vida y su obra, y, florón de la corona, una exposición, Sartre y su siglo, en la Biblioteca Nacional, que es un modelo en su género. Pasé cerca de tres horas recorriéndola y me quedó mucho por ver.
En ella se pueden seguir, paso a paso, con bastante objetividad, todos los pormenores de una vida que cubre el siglo veinte (al que Bernard Henri Lévy llamó, en su ensayo laudatorio, El siglo de Sartre) y cuyos libros, ideas y tomas de posición ejercieron una influencia, hoy día difícilmente imaginable, en Francia y buena parte del mundo. Una de las enseñanzas que el espectador saca de la exposición es comprobar lo precario de aquel magisterio sartreano, tan extendido hace cuatro décadas y hoy prácticamente extinguido. Todo está en aquellas vitrinas: desde cómo el niño descubrió su fealdad, a los diez años, en los ojos de su madre viuda y vuelta a casar, hasta su decisión, cuando era el estudiante estrella de la École Normale, de no renunciar a ninguna de sus dos vocaciones, la literatura y la filosofía, y ser "un Stendhal y un Spinoza al mismo tiempo". Antes de cumplir los cuarenta años lo había conseguido y, además, algo no deseado ni previsto por él, se había convertido en una figura mediática que aparecía en las revistas frívolas y era objeto de la curiosidad turística en Saint Germain de Près junto a Juliette Greco y Edith Piaf, como uno de los íconos de la Francia de la posguerra.
Carteles y fotografías documentan los estrenos de sus obras teatrales, la aparición de sus libros, las críticas que éstos merecieron, las entrevistas que dio, la publicación de Les Temps Modernes, y allí están los manuscritos de sus ensayos filosóficos y de sus cuentos y novelas, que escribía en libretas escolares o papeles sueltos en los cafés, en una mesa aparte pero contigua a aquella en la que trabajaba su compañera "morganática", Simone de Beauvoir. Su polémica más sonada, con Albert Camus, sobre los campos de concentración soviéticos está muy bien expuesta, así como las repercusiones que este debate tuvo en el ámbito intelectual y político, dentro y fuera de Francia. También lo están sus viajes por medio mundo, sus amores fracturados con los comunistas, su combate anti-colonial, su empeño para enrolarse en el movimiento de mayo del 68, y la radicalización extrema de sus últimos años, cuando iba a visitar a la cárcel a los terroristas alemanes, vendía por las calles el periódico de los maoístas parisinos o, ya ciego, trepado en un barril, peroraba a las puertas de las fábricas de Billancourt.
La exposición es espléndida y, para alguien como yo, que vivió muy de cerca buena parte de aquellos años y participó de esas polémicas, y dedicó muchas horas a leer los libros y los artículos de Sartre, a devorar todos los números de Les Temps Modernes y a tratar de seguir en sus churriguerescas vueltas y revueltas ideológicas al autor de Los caminos de la libertad, algo melancólica. Pero no creo que despierte en la gente joven de nuestro tiempo el menor interés en redescubrir a Sartre ni le gane a éste el más mínimo respeto o admiración. Porque, salvo en el tema del anticolonialismo, donde siempre mantuvo una posición lúcida, la exposición, pese a sus claros propósitos hagiográficos, revela lo ciego, torpe y equivocado que estuvo casi siempre Sartre en todas las posturas que defendió o atacó.
¿De qué le sirvió esa fulgurante inteligencia de que estaba dotado si, a su regreso de su gira por la URSS a mediados de los años cincuenta, en los años peores del Gulag, llegó a afirmar: "He comprobado que en la Unión Soviética la libertad de crítica es total"? En su polémica con Camus hizo algo peor que negar la existencia de los campos de concentración estalinistas para reales o supuestos disidentes; los justificó, en nombre de la sociedad sin clases que estaba construyéndose. Sus diatribas contra sus antiguos amigos como Maurice Merlau-Ponty o Raymond Aron, porque no aceptaron seguirlo en el papel de compañero de viaje de los comunistas que adoptó en distintos períodos, prueban que su afirmación estentórea "Todo anticomunista es un perro" no era una mera frase de circunstancias, sino una convicción profunda.
Parece mentira que alguien que, hace apenas medio siglo, justificaba, en su ensayo sobre Franz Fanon, el terror como terapéutica gracias a la cual el colonizado recupera su soberanía y su dignidad, y que, proclamándose maoísta, proyectaba su respetabilidad y prestigio sobre el genocidio que se estaba cometiendo en China durante la Revolución Cultural, hubiera podido ser considerado, por tantos, la conciencia moral de su tiempo.
Mucho más discreta, para no decir clandestina, ha sido la celebración de los cien años de Raymond Aron, que prácticamente no ha salido de la catacumba académica. Él y Sartre fueron amigos y compañeros desde muy jóvenes y hay fotos que muestran a los dos petits copains abrazados, haciendo payasadas. Hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial siguieron una trayectoria idéntica. Luego, con la invasión nazi, Aron fue de los primeros franceses en viajar a Londres y unirse al general De Gaulle, a quien, sin embargo, criticaría con severidad durante su gobierno por lo que consideraba su propensión autoritaria. Siempre fue un decidido partidario de la construcción de Europa, pero, alejándose también en esto de buena parte de la derecha francesa, nunca creyó que la unidad europea debiera debilitar el atlantismo, la estrecha colaboración de Europa con los Estados Unidos.
A diferencia de la obra de Sartre, que ha envejecido a la par de sus opiniones políticas -sus novelas deben su originalidad técnica a John Dos Passos y, con excepción de Huis Clos, sus dramas no pasarían hoy la prueba del escenario-, la de Aron conserva una lozana actualidad. Sus ensayos de filosofía de la historia, de sociología y su defensa tenaz de la doctrina liberal, de la cultura occidental y de la democracia y el mercado, en los años en que el grueso de la intelectualidad europea había sucumbido al canto de sirena del marxismo, enajenación que él describió magistralmente en 1957 en El opio de los intelectuales, han sido plenamente corroborados por lo sucedido en el mundo con la caída del muro de Berlín, símbolo de la desaparición de la URSS, y la conversión de China en una sociedad capitalista autoritaria.
¿Por qué, entonces, el glamour del ilegible Sartre de nuestros días sigue intacto y a casi nadie parece seducir la figura del sensato y convincente Raymond Aron? (Los franceses lo expresaban en los años sesenta mediante esta oprobiosa afirmación: "Es preferible equivocarse con Sartre que tener razón con Aron"). La explicación tiene que ver con una de las características que en nuestro tiempo ha adquirido la cultura, contaminándose de teatralidad, al banalizarse y frivolizarse por su vecindad con la publicidad y la información. Vivimos en la civilización del espectáculo y los intelectuales y escritores que suelen figurar entre los más populares casi nunca lo son por la originalidad de sus ideas o la belleza de sus creaciones, o, en todo caso, no lo son nunca sólo por esas razones, intelectuales y literarias. Lo son sobre todo por su capacidad histriónica, la manera como proyectan y administran su imagen pública, por su exhibicionismo, sus payasadas, sus desplantes, sus insolencias, toda aquella dimensión bufa y ruidosa de la vida pública que hoy día hace las veces de rebeldía (en verdad tras ella se embosca por lo general el conformismo más absoluto) y de la que los medios pueden sacar partido, convirtiendo a sus autores, igual que a los artistas y a los cantantes, en espectáculo para la masa.
En la Exposición de la Biblioteca Nacional aparece un aspecto de la biografía de Sartre que nunca se ha aclarado del todo. ¿Fue de veras un resistente contra el ocupante nazi? Perteneció a una de las muchas organizaciones de intelectuales de la resistencia, sí, pero es obvio que esta pertenencia fue mucho más teórica que práctica, pues bajo la ocupación anduvo muy atareado: fue profesor, reemplazando incluso en un liceo a un profesor expulsado de su puesto por ser judío -el episodio ha sido objeto de virulentas discusiones en los últimos meses-, y escribió y publicó todos sus libros y estrenó sus obras, aprobadas por la censura alemana. A diferencia de resistentes como Camus o Malraux, que se jugaron la vida en los años de la guerra, no parece que Sartre arriesgara demasiado con su militancia. ¿Tal vez inconscientemente quiso borrar ese incómodo pasado con las posturas cada vez más extremistas que adoptó luego de la liberación? No es imposible. Uno de los temas recurrentes de su filosofía fue el de la mala conciencia, que, según él, condiciona la vida burguesa, induciendo constantemente a hombres y mujeres de esta clase social a hacer trampas, a disfrazar su verdadera personalidad bajo máscaras mentirosas. En el mejor de sus ensayos, San Genet, comediante y mártir, ilustró con penetrante agudeza este sistema psicológico-moral por el cual, según él, el burgués se esconde de sí mismo, se niega y reniega todo el tiempo, huyendo de esa conciencia sucia que lo acusa. Tal vez sea cierto, en su caso. Tal vez, el temible despotricador de los demócratas, el anarco comunista contumaz, el "mao" incandescente, era sólo un desesperado burgués multiplicando las poses para que nadie recordara la apatía y prudencia que mostró frente a los nazis cuando las papas quemaban y el compromiso no era una prestidigitación retórica sino una elección de vida o muerte.
© Mario Vargas Llosa, 2005. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2005.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005