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COLUMNA

Don Ricardo

Comí con él la semana pasada, el mismo día en que su mujer se despedía del trabajo y estrenaba jubilación. Fue como descubrir un trozo de claridad en medio de la niebla. Para empezar, en los tiempos que corren, en la era de las nuevas pedagogías, es un lujoso anacronismo llamar don Ricardo a un profesor de lengua y hacerlo de verdad, con espontáneo respeto. Pero si algo así ha ocurrido y ocurre es por culpa del propio don Ricardo, un pedagogo sin trampa que está a la vuelta de casi todo menos de la fascinación de enseñar. Son cosas que ocurren, siempre hay excepciones y don Ricardo lo es en el aula y en la vida. Según sus palabras, en su casa se hace lo que él obedece, pero en la clase es él quien pone las normas, quien administra conocimiento y orden, quien establece las reglas del juego.

A mí, la verdad, estos tipos me provocan admiración y ternura. Parecen sacados de una orla detenida en el tiempo y, sin embargo, no se refugian en la nostalgia ni se amparan en la melancolía. No echan de menos los trenes de tercera o esos poemas de Machado donde los colegiales estudian bajo una monotonía de lluvia tras los cristales. Las tardes pardas y frías las dejó en su Ávila lejana, en ese pueblo de Castilla que presume de tener dos estaciones, la del ferrocarril y el invierno, perenne como la memoria. No me extraña que un personaje así, con bigote sexagenario y porte recio, no piense enmendar a su mujer y huya de la jubilación como de un mal colega. Es un maestro vocacional, verdadero, que conoce la fórmula de la palabra llana y que no cambiaría sus 18 horas de clase por un viaje al Parnaso. Don Ricardo es así, abre el Instituto y transita por él como el dueño del calabozo o el espíritu de una fortaleza encantada. Su fama está echada, por eso, cuando llegan los nuevos alumnos al I.E.S. Playa de San Juan de Alicante, su leyenda ya ha corrido por ellos con una reverberación de respeto y de asombro. Los chavales de primero y segundo de la ESO están encantados con él y viceversa. Yo tuve la suerte de conocerle hace unos días y aún perdura en mi mano ese perfume a claridad, ese sabor limpio de nostalgia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 2005