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El fin del mito de la seguridad kurda

"Los kurdos hemos excavado fosos alrededor de nuestras ciudades para impedir la entrada de los terroristas árabes", se jactaba un jefe de la policía kurda poco después de los comicios del 30 de enero en el vestíbulo del hotel Torre de Erbil. Tres meses después, los cristales del antiguo Sheraton Erbil, situado en una de las zonas más vigiladas de la capital kurda y a escasos metros del centro de reclutamiento donde se produjo el atentado de ayer, han estallado hechos añicos.

La leyenda de la inviolable seguridad del Kurdistán -sostenida por la ruptura física con el territorio de los odiados árabes suníes- ya saltó por los aires en el doble atentado suicida de 2004. Influyentes ministros, jefes militares y altos cargos del Partido Democrático del Kurdistán (PDK) y de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK) reventaron en pedazos mientras recibían los besamanos y parabienes del pueblo en las celebraciones del final del Ramadán.

Desde entonces Erbil es una ciudad con miedo. Situada en el centro de la fértil planicie que desciende desde las montañas kurdas hasta el valle del Tigris, la capital kurda es un cruce de caminos difícil de guardar. Los estrictos controles de los peshmergas en los accesos a la ciudad han impedido hasta ahora los atentados con coche bomba. Pero los ataques con armas o explosivos a pequeña escala son habituales.

Masud Barzani, presidente de facto de la región autónoma kurda, apenas pisa las calles de Erbil y vive enclaustrado en su bastión de las montañas de Salahudin. Ante la menor alerta de seguridad cancela sin previo aviso su presencia en un acto público o en una conferencia de prensa.

Su antiguo rival y actual aliado, el presidente de Irak, Yalal Talabani, tampoco frecuenta las calles de Suleimaniya, la capital del territorio de la UPK, y se refugia en el palacio de Dukan: una isla en el interior de un lago.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 2005