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Tribuna:

Arreglar España

Cataluña es demasiado pequeña para gobernar España, pero demasiado grande para desentenderse de ella. Éste no es el caso de Euskadi, cuyo tamaño más reducido la hace casi irrelevante en la gobernación del Estado y, por eso, propensa a la separación. La principal dificultad para la independencia de Euskadi es su propia división interna entre nacionales vascos y nacionales españoles. Cataluña es internamente bastante más homogénea, ya que las dos lenguas son variantes próximas del latín que permiten una mutua comprensión y las mezclas familiares son constantes desde hace muchísimo tiempo. En principio, Cataluña reúne, pues, mejores condiciones internas para afirmar su unidad; como suele reiterarse, en su política predomina un catalanismo genérico y la manida tendencia al consenso y la transversalidad. La principal dificultad para la independencia de Cataluña es, en cambio, su tamaño relativamente grande dentro del Estado español y la consiguiente oportunidad y esperanza de influir en su gobernación.

La intervención catalana en la política española con intención de diseñar un Estado que permita su acomodo es bien antigua; puede remontarse, al menos, al general monárquico Joan Prim y al republicano federalista Francesc Pi i Margall en el siglo XIX; al regionalista conservador Francesc Cambó y a los izquierdistas de la Segunda República a principios del siglo XX; y en la democracia actual, al intento reformista de Miquel Roca, al cual ha sucedido ahora la tentativa de abrir un nuevo periodo constituyente del tripartito izquierdista presidido por Pasqual Maragall. Una y otra vez, todos estos intentos de diseñar una España llamémosla plural han obtenido muy amplios apoyos en Cataluña; pero una y otra vez, hasta ahora, han chocado con un bloque compacto castellanista, lo cual ha producido frustración y el consiguiente giro catalanista hacia el desentendimiento. Los muy manoseados dos rasgos del carácter colectivo tradicionalmente atribuido a los catalanes, el seny y la rauxa, no expresan una enfermiza disociación mental, sino esta reiterada historia de diálogo y confrontación. Haciendo gala de sensatez, los catalanes proponen primero un modelo interactivo de relaciones políticas con los españoles; pero, cuando la propuesta se revela inútil, explota el arrebatamiento. Así una y otra vez.

El tamaño relativamente grande de Cataluña en España tiene una importante implicación estratégica para los catalanistas: antes de buscar la independencia, tienen que demostrar que España no es la solución. Esto no se espera de los nacionalistas vascos, a quienes ni siquiera se les ocurre que puedan implicarse seriamente en la política española. Los nacionales vascos simplemente se sienten "diferentes" y aparte de los españoles. Los catalanes, en cambio, más bien tienden a pensar, como caricaturizaba el poeta, que "son los mejores" (de España, naturalmente). Por ello tratan de intervenir e influir en la política española, de gobernar y federalizar el Estado o, como suele decirse, de "arreglar España". Si en Cataluña alguien postula de entrada que no hay nada que hacer con España, es visto con cierto escepticismo; a la vista de la historia pasada, la hipótesis suena razonable, pero, dada la potencialidad objetiva y subjetiva de los catalanes, se requiere que sea sometida a una convincente contrastación empírica antes de ser aceptada como conclusión.

Estos últimos meses, el rechazo del nuevo proyecto de Estatuto político de Euskadi por los dos grandes partidos españoles no parece que haya alterado mucho la visión ni la estrategia de los nacionalistas vascos; es evidente que ya se lo esperaban y lo siguen dando por descontado. En realidad, con los fueros, el concierto y el cupo tampoco tienen mucho de qué preocuparse: pueden seguir su camino sin demasiada novedad. En cambio, si el proyecto en elaboración de un nuevo Estatuto de Cataluña, que comporta una nueva forma de financiación bastante más modesta que la de los vascos y una revisión constitucional española, fuera rechazado, Cataluña probablemente mantendría en gran medida el consenso y la transversalidad internos que la caracterizan, pero esta vez más bien a favor de desentenderse de España, que -ahora sí- podría aparecer como un problema sin solución.

Si, por ejemplo, se requiriera, como pide el Partido Popular, que el nuevo Estatuto de Cataluña tuviera que ser aprobado por dos tercios de las Cortes Generales, el rechazo estaría cantado y el arrebatamiento catalán, garantizado. Pero, si como ahora propone el Gobierno del PSOE, el acuerdo tuviera que obtenerse en la conferencia de presidentes autonómicos, el resultado esperable vendría a ser el mismo: rechazo español, frustración catalana y reacción de despecho y apartamiento.

El tamaño relativamente grande de Cataluña dentro de España no sólo tiene implicaciones para los catalanistas, sino también para los españolistas: la pérdida sería mayor. Cabe sospechar que algunos nacionalistas españoles están más preocupados por el catalanismo que por el vasquismo, al que probablemente dan implícitamente por perdido. A veces parece que algunos antiseparatistas, pese a sus exabruptos, en el fondo están pensando: "¡Por favor, catalanes, no os vayáis, que sin vosotros España se hunde!". Si así sucediera, es decir, si la actitud de España hacia Cataluña fuera, como decía un furibundo españolista de antaño, un caso de "amor" y no de "despecho", tal vez el caso aún tendría solución.

Josep M. Colomer es profesor de investigación en Ciencia Política en el CSIC y la UPF, en Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 2005