Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Ecos de societé

Bajando por la calle Iturribide, después de saludar a unas cuantas señoras hermosas, el cronista de sociedad se encuentra con los vip que habitualmente se reúnen en la oficina del paro. Allí está la flor y nata, el tallo y la leche. Saluda primero a Don Nadie, que supo llevar su apellido con orgullo a pesar de haber sido despedido. También se encuentra con Doña Abusada, con la cual intercambia unas palabras llenas de glamour y encanto real, crudo encanto rosa, palaciego. Animados en el cóctel, el cronista de sociedad y sus amigos hacen un paspartú de miradas alrededor de los bellos cuadros expuestos en la "puta calle", como se le llama a la más famosa galería del mundo en los ambientes distinguidos.

Más tarde, el cronista de sociedad acude a un edificio a punto de ser inaugurado: su propia casa, que siempre está en obras. Allí se topa con la fotografía de su santidad el emigrante. Se fuma una colilla de pitillo, no por solidarizarse, sino porque no tiene más remedio. No le cuenta nada, porque nada merece la pena de ser contado. Ni siquiera esta crónica. Mientras se bebe una lata templada de refresco, escucha al resto de los compañeros, que parecen arengarle desde lo más profundo. Pero el cronista sigue caminando, colilla apagada en la boca, bolígrafo en ristre.

¿Tiene fuego?, pregunta a un caballero mechero. El compañero no lo duda un instante y, chask-chask, una bocanada de humo mancha las plantas con un bonito aroma de humanidad. Pobres plantas, piensa el chafardero indomable, qué ricas estarían en ensalada, y las acabo de chamuscar con monóxido de carbono. Al punto que apaga el cigarrillo.

Y entonces llega, va a ver a su madre. Pasaban los automóviles por la ciudad, hasta que la madre cierra la ventana. La casa está aislada de toda influencia. La madre no habla. Sólo se escuchan los ruidos de los obreros en los pisos de abajo. Ni siquiera el gato hace caso del cronista. Pronto lo escribirá todo. Acudirá a un cibercafé, donde le dejarán entrar. Se sentará a la vista de todos, al abrigo de las miradas, y contará lo que pueda. Y dejará un hilo suelto, para que alguien, sino él, encuentre el ovillo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 2005