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OPINIÓN DEL LECTOR

Belleza, dolor y libertad

Nuestro autobús cruza el Ibaizabal dos veces al día. Cada mañana y cada tarde, en lo poco que dura ese segundo a medio gas sobre el puente, buscamos y nos deleitamos al ver a la garza que descansa, pesca o se distrae allí donde el agua poco profunda la deja posar, cerca del cascajo. Ayer, justo antes de llegar, una compañera decidió ponerse las gafas "para verla de una vez por todas". Como premio, la garza se exhibió al sol, más cercana y estilizada que nunca. Un regalo del que disfrutamos muy pocos de los que pasamos por allí todos los días.

Así como la sensibilidad por lo bello es cuestión de gustos, el dolor propio o cercano rara vez es objeto de elección. Y entre los dolores, el de origen político es especialmente sangrante, porque su punto de partida suele estar en el mal uso de la libertad que hacen otros. Quizás la única manera de evitar el odio como parte de la rueda de sensibilidad de aquellos que son victimas de la injusticia no sea olvidar, sino que todos, los que odian y los odiados también, nos hagamos cargo de lo trágico y evitable del dolor ajeno. ¿Cómo, si no, será posible alzar algún día el vuelo hacia una mayor libertad? El primer paso: la sensibilidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de mayo de 2005