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COLUMNA

Amnesia

Grave y preocupante es perder la memoria. Hace unas semanas saltó a la actualidad la noticia del músico que deambulaba por las playas británicas sin saber de dónde había llegado y a dónde iba. En los posos de su recuerdo sólo existían notas, cadencias y pentagramas que traducía en melodías sentado y con las manos sobre un teclado. La historia del músico amnésico, cuyo final desconocemos, estaba rodeada de un no sé qué romántico, y cualquier día la vemos transformada en guión cinematográfico. Otras historias de amnesias u olvidos deliberados tienen muy poca gracia literaria o musical, y sí un mucho de farsa, de apariencia engañosa, social o política.

Parece que fue ayer mismo cuando al gobierno legítimo de las anchas Españas le estallaron en las manos una serie de casos de corrupción que no supo atajar a tiempo. Unas cuantas ovejas negras, como explicaba el entonces presidente del partido que fundara Pablo Iglesias, el honesto y respetado Rubial -de memoria todavía más respetable- unas cuantas ovejas negras, decía don Ramón, le han causado mucho daño al partido y a los compañeros del partido socialista. Aquí queda todavía mucho ciudadano que no se ha olvidado de las aventuras y desventuras de pícaros famosos como Roldán, ni de la falta de controles en el partido entonces en el poder. Falta que permitió, por otro lado, tales aventuras y desventuras. La ciudadanía le pasó en las urnas, a mediados de los noventa, la factura al gobierno socialdemócrata. Y aquí paz y allá gloria sin amnesia en las secas tierras hispanas, que hoy se gobiernan de nuevo con la receta socialdemócrata de Rodríguez Zapatero.

Pero esos años de ovejas negras y pícaros no tan lejanos evocan en nuestra memoria poca música melodiosa y mucha voz tronante en las filas de la oposición de derechas que luego fue gobierno. Era una voz tronante, casi bíblica y casi profética, que inundaba radios y medios de comunicación afines a la derecha con la pócima de la corrupción real o ficticia. Teníamos como desayuno filesas y matesas; a mediodía comisiones en los negocios de los trenes de alta velocidad, y para cenar verduras digestivas de Juan Guerra. Hablaban algunos dirigentes del Partido Popular de entonces más que como futuros gobernantes como adalides de la honestidad y el decoro en la vida pública. En determinados momentos parecía como si pertenecer, ser simpatizante o tener cierta afinidad con el ideario socialdemócrata, fuese sinónimo de corruptelas o comisiones ilegales. Algo tan injusto y ridículo como identificar hoy en día a cualquier honesto afiliado o simpatizante del PP con las mentiras y engaños en torno a las armas de destrucción masiva en la antigua Mesopotamia. Aunque no es eso lo peor hoy en día.

Lo injusto y ridículo que estamos viviendo es la pérdida de la memoria, la amnesia que sufren los otrora adalides de la cruzada contra los pícaros y corruptos, contra las ovejas negras de las que hablaba Rubial el bueno. Las voces tronantes de hace apenas una década se han convertido hoy en olvido y silencio, cuando no en adhesión inquebrantable, y defensa numantina, ante razonables indicios o pruebas de irregularidades en la vida pública, o en actuaciones -legales o no- que no acaban de casar con un mínimo código ético. Amnesia total que nos parece una farsa. Amnesia sin notas ni cadencias como las del ciudadano desorientado en las playas de Inglaterra, pero con chirriantes regüeldos por donde la Diputación de Castellón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005