Lo ocurrido ayer en Mugello parece definitivo. La victoria de Valentino Rossi, la cuarta en la quinta carrera de la temporada, unida a la caída de Sete Gibernau, parece constatar aquello que muchos se negaban a aceptar hace sólo dos carreras pero que ahora parece ya inevitable: Rossi se alzará al final de esta temporada con su séptimo título mundial.
Fue en Sepang donde, el año pasado, Rossi se coronó campeón del mundo por sexta vez. En el podio, el italiano, pródigo en excentricidades, se enfundó una camiseta con una vistosa inscripción: ¡Che Spettacolo! La carrera de MotoGP que se pudo ver en Mugello hizo honor a aquella expresión y ofreció, además de un varapalo para las escasas aspiraciones de cara al título que tenía Gibernau ya antes de disputar la carrera, los ingredientes necesarios para erizar el pelo al más escéptico de los 88.000 espectadores que abarrotaron el circuito. Cuatro italianos (Rossi, Max Biaggi, Loris Capirossi y Marco Melandri) se vaciaron para alzarse con el triunfo aquí, en su casa. El vencedor fue el de siempre, el mejor, Rossi. Salió desde la pole y perdió tres posiciones. Como casi siempre, no estaba por la labor de hacer ninguna concesión a sus rivales.
Tras el primer paso por la línea de meta, se colocó líder de nuevo. Detrás de Rossi, la Honda de Gibernau, la poderosa Ducati de Capirossi y Melandri cerraban el grupo del que todo parecía indicar saldría el vencedor. Los tres pilotos que rodaban por detrás de Rossi fueron intercambiando sus posiciones hasta la quinta vuelta. Entonces, la rueda delantera de la Honda RC 211 V del único español entre los transalpinos perdió contacto con el asfalto y él rodó, junto a las escasas posibilidades que aún tenía en la batalla por el título, por el asfalto.
"No podía parar la moto", se lamentaba Gibernau visiblemente dolido. "No lo entiendo porque en los entrenamientos la moto fue muy bien, pero en la carrera no podía pararla. No quiero que suene a excusa porque he sido yo el que me he caído, la culpa es mía. He intentado tirar al máximo porque no me valía nada más que ganar", declaró. "Tenía problemas para realizar tiempos bastante más lentos de los que he marcado a lo largo del fin de semana. No quiero buscar fantasmas pero lo que está claro es que lo que me pasa no es normal". "El Mundial está complicadísimo" afirmó Gibernau, consciente de los 67 puntos que ahora le separan de Rossi.
Con Gibernau fuera de carrera, los pilotos italianos se jugaron la gloria con un cuchillo entre los dientes. La animadversión que puede existir entre Rossi y Gibernau no es nada comparado a la rivalidad que existe entre Il Dottore y Max Biaggi. A falta de siete vueltas, el piloto romano de Honda le arrebató a Rossi el liderato y comandó la prueba hasta que faltaban tres vueltas. Rossi se enrabietó y lanzó un ataque al que Biaggi no pudo replicar. "Al principio quise irme solo pero tuve problemas con la parte delantera. Entonces decidí mantener un ritmo constante", explicó Rossi. "A tres vueltas para el final he decidido atacar y me ha salido bien". De este modo, Rossi, que la pasada semana recibió la láurea ad honorem en Comunicación y Publicidad de la Universidad de Urbino, ejerció de profesor e impartió otra de sus lecciones; esta vez, con birrete incluido.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005