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Ravi Shankar pone en trance al público del Festival de Músicas Sacras de Fez

El intérprete indio, de 85 años, actuó con su hija Anoushka en una jornada brillante

A sus 85 años, el instrumentista indio Ravi Shankar necesita ayuda para subir al escenario, pero con el sitar entre las manos sigue siendo el más grande. Durante más de dos horas, el músico, que actuó acompañado de su heredera musical, su hija Anoushka, demostró que la música sigue formando parte de su vida y que se puede compaginar el virtuosismo con la diversión. El público, que abarrotaba Bab al Makina, el escenario del Festival de Músicas Sacras de Fez, le aplaudió emocionado. La gala mereció haber inaugurado este certamen que celebra su XI edición.

A primera hora de la mañana, bajo un intenso sol, Ravi Shankar probaba sonido. El músico que más ha contribuido a impulsar la música de la India no actúa con un repertorio preparado. Según sea el público o la ciudad, improvisa sus ragas. Tratándose de Fez, la ciudad más espiritual de Marruecos, se esperaba un regalo especial del músico que ha establecido los cánones del género: su raga más contemplativo. Shankar (Varannassi, 1920, Utar Prades, India) nunca ha sido partidario de mezclar estilos. Ha colaborado con músicos como John McLaughlin, Frank Zappa, Jehudi Menuhin o Phillip Glass, y George Harrison le definió como "el padrino de la word music", pero siempre se ha mantenido fiel a su música. A Fez llegó procedente de Estados Unidos, donde ha iniciado una gira por su 85º aniversario que le llevará a París, Manchester, Viena, Líbano, Lyón, Arles y Londres.

Durante su corta estancia en Fez, el músico no se ha prodigado en entrevistas. En Le Figaro aseguraba que no conoce gran cosa de músicas como el rap o el techno. "Escucho músicas extranjeras y algunas no me crean problemas, pero en general me resultan demasiado fuertes y lejanas a la espiritualidad que es la base de mi música", contaba. Le gustan Elton John, su amigo Eric Clapton y Ottis Redding, pero las canciones de hoy son "demasiado violentas para la devoción".

La frase cobraba todo su sentido nada más verle sentado en el escenario, sobre una tarima de madera, acompañado de su hija Anoushka. Su música tiene que ver con una tradición milenaria y, según los gustos, puede ayudar a entrar en trance o adormecer completamente. Nada más iniciarse el concierto, se comprobó que Anoushka se ha ganado a pulso su puesto. El padre coordina y dirige, pero ella carga con el trabajo más duro. Ambos se ríen juntos y se percibe una complicidad total. Como su padre, se inició con el sitar cuando apenas era una niña y ya camina en solitario con soltura. La actuación congregó a un público procedente de medio mundo que con mucho tenía bastante más glamour que el de la gala de inauguración. A Shankar le precedió una elegante bailarina de kathak, acompañada de un percusionista.

Con un Lazarillo

También por la tarde, en el Museo Bhata, el músico ciego Saïd Hafid (y su grupo) demostró, bajo la sombra de un olmo milenario, que posee una de las voces más interesantes de su país. Canta antiguas composiciones sufíes y versos coránicos, y es un artista que no hay que perderse. Más que sobrado de kilos, lleva siempre unas enormes gafas de sol, viste chilaba y se mueve apoyado por algún lazarillo. El año pasado se presentó en Fez y sorprendió tanto que en esta edición ha repetido. De espaldas a un frondoso jardín, el músico, acompañado de un violín, una flauta oriental, percusión y laud árabe ofreció un concierto cargado de emoción, pese a que a esa hora (las 16.30) el suelo ardía.

Como colofón a una jornada brillante, de madrugada iniciaban su actuación Tariqa Derkauia y Saïd Belcadi, un grupo de Tánger que canta melodías sufíes, en la sede de la organización del festival, ubicada en un antiguo y destartalado palacete. En el suelo, alrededor de una fuente y descalzos, varias decenas de personas, en su mayor parte habitantes de la ciudad, gente que no puede pagarse el precio de una entrada en los escenarios principales (200 dirhams o 20 euros al cambio), coreaban emocionados o acompañaban con palmas unas canciones con gran carga espiritual, dedicadas a glosar al profeta y el anhelo del paraíso. Los músicos, vestidos de blanco, interpretan su repertorio sentados, alternando las intervenciones de solistas y acompañados de instrumentos populares. En la segunda parte, con los músicos levantados, el coro creó un fondo musical, a base de inhalaciones y exhalaciones de aire, que acompañan de movimientos rítmicos con saltos acompasados, con la intervención de algunos espontáneos que parecían cerca del éxtasis. Al margen del mensaje, el espectáculo, por el estilo y por la situación del público, recordaba al flamenco de los cuartos de cabales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005