Aunque nadie aparece como enterrador del Tratado Constitucional, Jack Straw, titular del Foreign Office, actuará como tal si como se prevé anuncia hoy, sin solemnidad pero no sin cinismo, la interrupción de la tramitación parlamentaria de la norma para ratificar el texto por referéndum en su país hasta ver qué hacen los demás. Ahora bien, más grave que la muerte prematura de la Constitución Europea a manos de los electores franceses y holandeses es la distancia que han reflejado estos referendos entre los gobernantes y los gobernados, entre los electos y los electores, entre la clase política y la ciudadanía. Pues sin estas consultas, los Parlamentos de Francia y Holanda, como el de tantos otros, hubieran ratificado el texto por abrumadora mayoría. No se sabe qué hubieran votado los alemanes de haber celebrado un referéndum, pero los resultados de las elecciones de Renania del Norte han reflejado esa misma distancia y llevado a Schröder a convocar elecciones anticipadas. El propio Blair ha ganado en mayo con menos votos que cualquier otro laborista desde la posguerra (salvo en 1983) y ha fracasado en su empeño de situar a su país en el "corazón de Europa". Mientras no se acorte esa distancia en cada país, no se resolverá el problema europeo, que también es de distancia entre los ciudadanos y Bruselas.
Con altas participaciones y la rotundidad del doble no, no cabe hablar de una mera protesta antisistema. Estamos en una crisis y, probablemente, ante el final de una generación política. La anterior -la de Mitterrand, Kohl y González y Delors- supo gestionar bien el cambio de mundo que supuso la caída del muro de Berlín y europeizar la unificación alemana a través del euro, operación que ellos diseñaron, y que aplicó la siguiente generación política. Ésta se ha lanzado a ampliar una Unión sin rumbo, y ha fracasado en su proyecto de hacer de la UE la zona económica más competitiva del mundo. No parece que la generación que ha pactado y matado la Constitución esté capacitada para sacar a Europa del atolladero. Demasiados de ellos están amortizados.
Habrá que esperar entre dos y cuatro años a que un nuevo grupo de dirigentes en los países centrales de la UE -¿Merkel, Sarkozy, Brown, y Prodi (y un nuevo presidente en Washington), por ejemplo, aunque hay otras combinaciones y sorpresas posibles?- tome el relevo, y haga política de otro modo. El grupo saliente ha parecido renunciar al liderazgo que en democracia no consiste en imponer -y mucho menos en considerar que la gente se ha equivocado al votar-, ni tampoco meramente en seguir a la opinión pública, sino en convencer muchas veces de medidas impopulares, y, si no se logra, marcharse. Francia como Alemania tienen que tomar medidas que los electorados rechazan. ¿Podrán ante unas sociedades comodonas?
En España el cambio ya se hizo, lo que puede explicar en parte que no se aplique la pauta de esta distancia que tanto se notó con la guerra de Irak. Por eso, y por su referéndum, España está en buena disposición para, si las elabora y las madura, lanzar iniciativas que sirvan de puente para recomponer el corazón de Europa, que no puede ser sino el eje franco-alemán, con el que el PP pide al Gobierno que rompa. Aparte de intereses primordiales muy cercanos -el fin del terrorismo de ETA depende en buena parte de la intensa colaboración francesa- ocurre que no hay alternativa. Pensar que la construcción europea puede avanzar sin Francia y Alemania es un espejismo, menos aún cuando los británicos no están en el euro. Pensar que puede avanzar sólo con este eje es otro espejismo. En una Europa de 25, ya no es el único vector que pueda tirar del conjunto, pero es absolutamente necesario. Ésta pareja está, efectivamente, descoyuntada en sus dos extremos y en su unión. Pero el perdedor de tal situación no es sólo el eje o sus componentes, sino toda Europa, incluida España.
Aunque pueda ayudar, esta vez, ante el problema, quizás Europa no sea la solución. El todo no se recompondrá si no se recomponen sus partes. aortega@elpais.es
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005