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COLUMNA

Huéspedes

Un refrán que se pierde en las nieblas medievales dice: "A moro muerto, gran lanzada"; que requiere de pocas explicaciones por ser un gesto común entre los cobardes y los fanfarrones. Suele menudear, en nuestros días, aplicable a los que gallean impunemente, injuriando a gentes, comunidades, países o ideas que no pueden o no quieren defenderse. Está, en cambio, bastante desacreditado el gesto de quienes -también gratuitamente, confesémoslo- bajan a la palestra, como los que invaden la plaza de toros en una tarde triunfal, o se adueñan del campo de fútbol, tras el partido para patear el escenario ajeno. Dan ganas de reclamar el postergado papel de abogado de Dios, ante tanto y tan liviano abogado del diablo. Por cierto, un cercano antecesor del actual Papa, que tomó el nombre de Benedicto XIV, desempeñó el papel de valedor del demonio, o sea el que en las canonizaciones argumentaba todas las pegas posibles para evitar que alguien accediera a los altares. Se decía que no dejó pasar ni a uno.

Se ha calmado un tanto la fiebre del antiamericanismo, sin el propósito de definir su bondad o defectos intrínsecos vituperando cuanto de allí proceda o allí se realice: es malo y basta. ¡Hombre, ya será algo menos! Si nos remontamos a más de 200 años encontraremos búfalos y las extensas praderas de Manitú, porque llevan los actuales habitantes poco más en aquel territorio. Se les vilipendia pues parecen no hacer otra cosa que invadir países, respaldar tiranos y proteger a narcotraficantes. Los españoles tuvimos una cuenta pendiente, ya amortizada si nos remontamos a la sucia faena con la que nos expulsaron de Cuba, agua más que pasada. Hay síntomas de que vuelven a la querencia de "América para los americanos" y no se sabe lo que pasará cuando encuentren la fórmula para abandonar esa patata hirviendo que se llama Irak que les quema las manos.

Pequeño rodeo para dar en el asunto de los emigrantes africanos, caribeños, balcánicos y asiáticos. Desde pocos sitios se puede hablar con autoridad moral de este tema como desde Madrid, una vieja ciudad que recibe e instala a cuantos a ella llegan y no es un eslogan patriótico. Hasta ahora, jamás se ha producido una manifestación xenófoba, porque la repulsa del Dos de Mayo estuvo más que explicada, aunque los valerosos madrileños se levantaran para defender a una vil familia real, que no lo merecía. Viajen ahora en el Metro, en el autobús, circulen por las calles, salvo determinados enclaves donde se ha permitido que prospere una delincuencia hasta hace poco desconocida. Compartirán el espacio con indios del Pakistán, cameruneses, filipinos, rumanos, árabes que van y vienen de su quehacer, sin que haya rastros de asombro o extrañeza. Hace un siglo, aquí, un negro sólo podía ser portero galoneado de un cabaret, músico o criado.

En el asunto de los inmigrantes africanos se quiere implicar a todo el mundo por el triste sino de esas criaturas, salvadas de la muerte en sus pateras náufragas, que pretenden cruzar el Estrecho o alcanzar el archipiélago canario. Se olvida que, en la mayoría de los casos, compatriotas suyos se han encaramado al poder, o lo han heredado, esquilmando el país y sus habitantes, que se empobrecen en proporción geométrica a su enriquecimiento. Pocas cuentas se les piden, cuando cabría exigírselas; la gente huye no tanto de la miseria cuanto de un irremediable futuro sin posibilidades de mejora. El electricista polaco, el jardinero marroquí, la empleada salvadoreña, el cocinero malayo, van a desempeñar puestos de trabajo no porque los empleadores les paguen menos -que lo intentan- sino porque tienen la capacidad y el tesón de los que han dejado atrás lo que ya no quieren.

No sé si la política de inmigración es la mejor, pero lo más importante está en proteger a los útiles, a los "legales" sin quitar ojo de cuantos puedan suponer un fastidioso problema para la comunidad. Inglaterra y Francia continúan empeñadas en la digestión de un imperio al que le sacaron todo el jugo posible; no es nuestro caso, pero no olvidemos que nuestros vecinos vieron crecer a un partido no deseable, que llegó a contar con el 15% de los votos, muchos más que algunas formaciones independentistas. Madrid fue siempre tierra de acogida, pero ya no significa un centro urbano y unos suburbios controlados, porque no parecen estarlo y de ahí brota un indeseable sentimiento de inseguridad que puede afectar tanto a los que nacimos aquí como a los que quieren compartir nuestro tan reciente bienestar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005