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Editorial:

Alerta en el Sáhara

Los últimos episodios de violencia en el Sáhara Occidental, los más graves desde el alto el fuego de 1991, son un claro aviso de que el conflicto puede resurgir en cualquier momento. Hay señales muy preocupantes -la amenaza saharaui de reanudar la lucha armada y el deterioro de las condiciones de vida en los campos de refugiados- que obligan, en primer lugar a la ONU pero también a España como antigua potencia colonial, a hallar cuanto antes fórmulas de diálogo entre Marruecos y el Frente Polisario destinadas a conceder, al menos, un amplio autogobierno a la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Y en el tablero deben implicarse naturalmente Estados Unidos, Francia y Argelia. Todo ello manteniendo o incrementando la ayuda humanitaria.

Pueden ser atinadas, pero insuficientes, las manifestaciones del secretario general de la ONU o del ministro español de Exteriores instando a la calma a las dos partes. Annan no puede retrasar más la designación de un nuevo representante suyo en la zona tras el relevo del peruano Álvaro de Soto, a quien el propio Polisario nunca vio como un diplomático de confianza para desarrollar el plan Baker. Con respecto a Moratinos, está bien que haya intentado organizar una reunión informal entre marroquíes y saharauis en Madrid, pero tiene que hacer más para persuadir a Rabat de que ponga sobre la mesa una alternativa a su rechazo del referéndum de autodeterminación contemplado en el plan que aprobó por unanimidad el Consejo de Seguridad en 2003. El rechazo ayer por las autoridades marroquíes de una delegación española que pretendía desembarcar en el aeropuerto de El Aaiún no es precisamente un buen augurio.

Está claro que, pese a la irritación y frustración de los independentistas y las presiones de Argel, la propuesta de Baker nunca será aceptada como tal por Marruecos y que tampoco será sencillo hacer retoques al trabajoso plan del ex secretario de Estado de EE UU. La prórroga hasta el fin de octubre de la presencia de los cascos azules es simplemente un parche que en absoluto resuelve la situación. Por otro lado, lejos de apagar el fuego, el presidente argelino Buteflika lo ha avivado con pronunciamientos que igualan las últimas protestas de los saharauis a la Intifada palestina. Las relaciones entre Marruecos y Argelia no despegan y la abortada cumbre de líderes del Magreb en Trípoli frena de nuevo las esperanzas de una integración regional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005