Por fin se estrenó Perdidos, la exitosa serie cuya programación ha vuelto a confirmar la torpeza de Televisión Española a la hora de administrar sus tesoros. El primer plano es una declaración de principios: un párpado que se abre y deja al descubierto un ojo inquieto en el que se reflejan destellos de luz. El ojo es el de uno de los supervivientes de un terrible accidente de aviación que, a partir de ese instante, compartirá una aventura con gran ingeniería argumental. Perdidos tiene acción, emoción, misterio, conflicto moral, tensiones sexuales no resueltas, lectura metafórica de tipos humanos y una factura que la equipara a los clásicos (por cómo marcaron su época, se puede equiparar a Yo, Claudio, Luz de luna o Twin Peaks). Otro acierto de Perdidos consiste en elegir una forma narrativa que no abusa de los efectismos. La peripecia humana tiene el suficiente peso para sobrellevar un argumento en el que un grupo de individuos perdidos en una isla debe encontrar el modo de salir de la situación en la que se encuentra.
En realidad, el miedo es el protagonista, invisible y latente, de la historia (como en la película El bosque, por poner un ejemplo reciente). Influye en las relaciones de poder y en los afectos y se va manifestando a medida que el espectador descubre las pros y contras de los miembros del grupo (gracias a recursos clásicos del género de terror: ruidos extraños, lluvias inoportunas, un ente monstruoso, imposibilidad de comunicarse con el exterior...). El grupo se reparte los elementos de una identificación diseñada para conectar con la mayor cantidad de espectadores. Guapos cobardes o valientes, feos heroicos o mezquinos, débiles y fuertes de distinto origen racial, religioso o social y un recurso infalible: que todos escondan algo (una adicción, un delito, un trauma).
Gracias a una utilización eficaz del flashback, el espectador cree ir por delante de lo que puede ocurrir, aunque se ve sorprendido por la dirección que toman los acontecimientos. La diversidad de situaciones crea una corriente argumental con constantes estímulos (lucha por el liderazgo, dificultad para la cohesión, dialéctica entre solución grupal o individual) que obliga a unos niveles de atención inusuales en un panorama televisivo casi siempre previsible. Los tipos humanos no han sido elegidos al azar. Cada uno representa una virtud o una debilidad que se entrecruzan generando sucesivos conflictos. La interdependencia entre pasado y presente refuerza una trama en la que los estereotipos tradicionales han sido astutamente actualizados. En cuanto al estilo, no sólo conecta con el legado literario, cinematográfico y televisivo, sino también con la aceleración argumental de los videojuegos, tan propensos a la adrenalina a granel.
Que TVE la estrene casi clandestinamente confirma que nos encontramos ante una serie indispensable. Suponiendo que exista algo indispensable en televisión, claro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 2005