La Vieja Europa parece hoy aún más vieja en el mercado de las mitologías nacionales con la derrota de París y Madrid en la pugna por la piñata olímpica y la Nueva Europa, en la que, sin mayor reparo por las arrugas de la Vieja Dama, había Donald Rumsfeld situado a Gran Bretaña, se siente renovada y faldicorta con el triunfo de Londres. El presidente francés, Jacques Chirac, pierde, así, su segundo referéndum en sólo unas semanas. Francia no quiere la Europa de la Constitución y el mundo no quiere a París como sede de los Juegos.
Cualquiera que sea el manojo de intencionalidades que haya guiado el sufragio de los ciento y pico de miembros del COI, su decisión tiene un grave significado geopolítico. Se esperaba que los votos árabes afluyeran a París como consecuencia de la guerra del Golfo, aunque el entusiasmo con que Francia ha acogido el reciente grito de independencia de Beirut no podía haber gustado en los cuarteles de Damasco; igualmente, que 10 u 11 votos del África ex francesa estaban siempre bien asegurados, y que hasta un cierto bloque de la latinidad pudiera redondear el acopio de sentimientos favorables. Pero no ha sido así o así no ha bastado. Por eso, la guerra anglosajona en el Fértil Creciente sale reforzada del voto de la Ciudad-Estado de Malaisia.
Los bloques culturales o políticos no pueden existir oficialmente en unas votaciones en las que los delegados no representan países, sino opiniones, pero nadie duda de que lazos culturales, históricos, múltiples alianzas pesan muchísimo a la hora de mercar un patrocinio. El diario de Singapur Straits Times ha mostrado estos días sin ambages su filiación histórica. Todo en el hotel Raffles huele a sedimentos del imperio, y, por su parte, el periódico ha sido mucho menos imparcial que la BBC a la hora de exhibir sus preferencias. El imperio ha cumplido. Victoria no fue sólo un avatar del siglo XIX.
Tony Blair, al que dábamos por prematuramente amortajado, pese a su victoria en las legislativas al frente del New Labour, porque se suponía que el votante había sufragado tanto para reconducir a su partido en el poder como para llevar al premier gentilmente de la mano a un dorado retiro, se encuentra ahora con escenario tan distinto como favorable. Chirac, derrotado en referéndum; París, preterido por Londres; el alemán Gerhard Schröder, en horas bastante más que bajas, y el primer ministro de las Islas, convertido, en cambio, en presidente de turno de una Unión Europea que, a falta de campeones verosímiles, escucha con atención su sireneo sobre la Europa Social, la juventud que aguarda, la globalización domesticada y un nuevo impulso cuando las impotencias, sobre todo en mores túrquicas, asoman.
La anglosajonería parece dominarlo todo. Empleo, porvenir, gráciles economías liberales, generosidades africanas y tercermundistas, una Europa funcional, eficaz, resuelta de sí misma en lontananza. Los Juegos son cualquier cosa menos juego. Son, cuando menos, un nuevo Gran Juego.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005