Francia se jugaba ayer mucho más que la organización de unos Juegos Olímpicos en su capital. Por eso, el impacto del golpe fue mucho más fuerte que la simple pérdida de una oportunidad. El anuncio de la victoria de Londres cayó como un mazazo. El suspiro de decepción que surgió de la plaza del Ayuntamiento de París era el de todo un país que había puesto sus esperanzas en agarrarse a esta baza para salir de la compleja crisis política, económica y social que atraviesa.
Los franceses "esperaban ese signo venido de fuera", explicaba Anne Hidalgo, la teniente de alcalde, una señal que les dijera que son capaces de hacer algo grande. Hidalgo fue la primera en compartir la decepción con los miles de personas que se habían congregado frente al consistorio y a las que el cielo gris se les cayó encima cuando vieron en la pantalla gigante la imagen del presidente del COI, Jacques Rogge, pronunciando el nombre de Londres. Los abucheos se mezclaron con las lágrimas y, finalmente, un ligero chaparrón puso punto final a lo que se anunciaba como una gran fiesta y que se trasformó en una gran depresión.
El alcalde Delanoë acusa a Londres de no jugar limpio: "¿Se trataba de hacer la guerra?"
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Poco después, el primer ministro, Dominique de Villepin, calificó lo sucedido de "decepción inmensa" para Francia, al tiempo que anunciaba que muchos de los proyectos de infraestructuras seguirán adelante. La Bolsa cayó en picado, aunque se recuperó.
Mucha gente, así como los comentaristas, se hacía eco de las acusaciones lanzadas contra Londres por el alcalde, Bertrand Delanoë, asegurando que a París le había sobrado "fair play (juego limpio)" en referencia a la agresividad británica criticando el estadio de Francia. "¿De qué se trataba? ¿De hacer la guerra en una competición deportiva?", se lamentó Delanoë, que destacó cómo vio a muchos miembros del COI salir en citas sucesivas de las habitaciones del primer ministro británico, Tony Blair, y el presidente de su candidatura, Sebastian Coe.
Pero, conforme avanzaba la jornada, cuando los ánimos se iban serenando, empezaba a calar una sensación más profunda, la de que una vez más el denostado modelo liberal anglosajón ha prevalecido sobre la Francia ortodoxa y continental. Aunque, en realidad, el gran derrotado fue el presidente, Jacques Chirac, que protagonizó la tercera decepción de París en 20 años como aspirante a unos Juegos. En 1986 fue elegida Barcelona y hace cuatro años el turno le llegó a Pekín. En la primera ocasión, Chirac era el alcalde de la capital y en las otras dos presidente de la República.
Chirac volaba a miles de metros de altura cuando Rogge anunció la ciudad vencedora. Iba camino de Gleeneagles para asistir a la cumbre del G-8, en la que, para más humillación, le esperaba el gran vencedor, su némesis, el primer ministro británico, Tony Blair. Desde el avión presidencial, deseó "buena suerte" a los británicos en un comunicado en el que decía: "Los Juegos Olímpicos eran una magnífica oportunidad para el desarrollo económico y deportivo de Francia. El trabajo realizado no está perdido".
Lo cierto, sin embargo, es que Francia se ha quedado sin el catalizador que supone la organización de unos Juegos a la vez que ha quedado en evidencia el declinar irreversible de su peso en la escena internacional. La dirección que toman los votos de los miembros del COI es una buena medida para saber donde están las alianzas. De Villepin se apresuró a anunciar su intención de "reforzar" la presencia francesa "en las instancias deportivas internacionales" al tiempo que proclamaba que la candidatura francesa "se ha mantenido fiel a los valores de respeto, unión, solidaridad y compromiso que están en el corazón del espíritu olímpico".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005