J. M. GARCÍA MARTÍNEZ
Entre los acordeonistas de jazz, el francés Richard Galliano es el número uno indiscutible, claro que no hay ningún otro, como no hay gaiteros que toquen jazz, salvo Rufus Harley, o intérpretes de arpa de boca vietnamita (h'mong) capaces de tocar Round midnight, que uno sepa. Cabe preguntarse qué hace un músico de jazz unido a semejante instrumento ignorado por generaciones de jazzistas en virtud de su tono monótono y fastidioso, su dependencia abusiva de otras músicas, como el vals musette, y la imposibilidad absoluta de personalizar su sonido, requisito indispensable para tocar jazz: sus razones tuvieron quienes lo obviaron.
Galliano es jazzman de categoría y un improvisador de fuste, sólo que ha escogido el instrumento equivocado. Y es, justamente, en el contexto laxo de la interpretación jazzística donde aquél revela todas sus carencias. Esto no quita que, tocando en tierra de acordeonistas, gustara como no gustó ninguno de sus predecesores, acaso por lo que su música se aleja del jazz y se adentra en el neo musette, el tango descafeinado y el bolero que resulta ser un chachachá. Nada se diga de sus incursiones en el bebop, lenguaje que el francés domina y que, interpretado al acordeón, suena ridículo. Aun así tiene éxito y más que tendrá en su regreso a los escenarios españoles, a finales de mes. Un éxito que, con seguridad, no obtendría de tocar un instrumento distinto.
Richard Galliano
Richard Galliano, acordeón; Phillippe Aerts, contrabajo; Dré Pallemaerts, batería. Plaza Biotz Alai. Getxo, 5 de julio.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005