La política debería de figurar en los helados, en los chicles, en los envases de leche, y seguir fagocitando la radio y la televisión; dentro de poco conoceríamos los pareceres políticos de los habitantes de la casa de Gran Hermano, y habría debate sobre el estado de la Nación en Operación Triunfo, y los futbolistas dedicarían el gol a tal o cual partido político, y el mundo se convertiría en un lugar razonable. ¿Solución para la democracia? La politización total. Unas lentejas no son unas lentejas si no llevan el nombre de su líder. Una cerveza no es una cerveza si no lleva impresas las siglas de su partido. Desde ahora, a los niños se les dirá: "¿A quién quieres más, al PNV o al PSE?".
La politización total, asumida hasta sus últimas consecuencias, forzará a un cambio en las costumbres de la gente. De tal forma, el jamón cocido que compramos semanalmente en el supermercado llevará un lema político de profundo contenido, por ejemplo: "Vamos a seguir adelante". Y si algún día nos equivocamos de jamón, siempre podremos leer: "Por el cambio". Bajo las banderas del supermercado, caminar juntos hacia la caja será más fácil, y la cajera nos recordará a quién debemos votar, porque es el partido político que lo está haciendo mejor.
Por supuesto, la comida con nuestra pareja, de diferente signo político al nuestro, será una ardua discusión sobre temas importantes del día, mientras deglutimos dos platos esponsorizados por los partidos correspondientes, algunos de los cuales, no obstante, pueden ser intercambiados como quien come en un chino. Cuando el tono de voz se eleva se saca un vino de derechas, por ejemplo, y todo arreglado.
En el trabajo la cosa no cambia, porque mientras está usted ocupado bajo la foto de su líder, otro, que tiene el mismo líder que usted, pone una foto más bonita y mejor enmarcada. Le dan ganas de cambiar de líder, porque el otro es un gilipollas.
Cuando regresa a casa, vuelta a empezar. Enciende usted la tele, y ve a Piqué, Acebes y Zaplana, por ejemplo, intentando olvidar el apuro que pasaron hace poco. Pero usted cree en la política. No solamente porque le guste, porque sea uno más de esos pequeños temas de conversación, como el fútbol. Además, cree en ella porque es indigno ser apolítico. Porque los apolíticos, se englobe a quien se englobe bajo esta denominación, no tienen derecho a protestar, son lo mismo que borregos a la hora de ser gobernados. Entonces llega su hijo que va a desearle las buenas noches. Se acerca a su mejilla, le da un beso con ruido, y le susurra con aire cómplice: "Por la revolución, papi".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005