El estreno de España directo (TVE-1) retrató las contradicciones de nuestra realidad televisiva. Versión española de un formato que lleva años funcionando en cadenas autonómicas, la edición estatal de esta densa (quizá demasiado) ensalada de reportajes empezó con incidentes. Mientras la presentadora, Pilar García Muñiz, intentaba dar paso a los distintos reporteros luciendo una sonrisa profesional, los miembros del comité de empresa aporreaban tambores y cacerolas para fastidiar el estreno. ED es una producción privada para una tele pública, una colaboración que, según quien la analice, se entiende como alternativa a la elefantiasis de TVE o como privatización parcial de bienes públicos.
El estreno coincidió con algunos temas jugosos: chupinazo de San Fermín, eliminación de Madrid como candidata olímpica y juicio a Farruquito. Tradición juerguista con toros sueltos, esperanza institucional y trágico suceso con artista de por medio, la suma podría servir para esbozar el retrato robot de un país que, a juzgar por la jornada de ayer, vive enganchado a las emociones fuertes.
Hace unos días, Emerenciano Vázquez, presidente del comité de empresa de TVE, dijo que ED es un informativo y que la información no se puede externalizar. El verbo externalizar es un neologismo. Este argumento invita a sospechar que hay formatos externalizables y otros que no. Quizá debido a interferencias externalizables, a Pilar García Muñiz apenas se la escuchaba: los manifestantes dejaban oír su cabreo. Salvando obstáculos, los minutos pasaban. Los reporteros aparecían, y uno ya no sabía si Farruquito estaba en Pamplona o si Madrid 2012 había perdido sus posibilidades por culpa de un chupinazo que se dio a la fuga.
Por suerte, conocíamos la versión autonómica del mismo invento y sabíamos que su secreto consiste en fragmentar aspectos noticiables en distintas piezas que completan una rápida ojeada al día, completada con una previsión meteorológica.
Para darle cohesión formal a este denso e hiperactivo rompecabezas se recurre a jóvenes reporteros instruidos para soltar el latiguillo marca de la casa: "Se lo contamos esta tarde en España directo". Pues bien: nadie nos contó a qué venía tanto follón. Un despistado podría haber pensado que se trataba de una invasión imprevista de los personajes de Manos a la obra. Tanto ruido obligó a un hábil cambio de micrófono, menos propenso a filtrar las incidencias ambientales, y a poner un fondo musical para maquillar el pollo manifestante montado fuera del plató. Es un efecto sonoro que, mientras dura el conflicto, podría mantenerse como un elemento fijo del programa. Al fin y al cabo, el ruido y el cabreo son dos de nuestras más preciadas señas de identidad.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de julio de 2005