Vestido con un elegante traje color marfil, con gesto preocupado, el primer ministro luxemburgués, Jean-Claude Juncker, depositó su voto a las 11.00 en la oficina electoral de Mamer, en el cantón de Capellen. Dijo estar "razonablemente confiado, pero no seguro", del triunfo del sí, y recordó que cumpliría su promesa de dimitir si ganaba el no. A media tarde, recuperó el aliento: "Me siento feliz de ser primer ministro... y de poder seguir siéndolo".
Tras concluir su último mitin el viernes, se había dirigido al único periodista extranjero y, brazo derecho en alto, gritó "¡viva España!" para asegurar que Luxemburgo seguiría ayer el camino marcado por los españoles en el referéndum del 20 de febrero. Luego aclaró que cuando "los nazis y los franquistas" levantaban el brazo, en realidad parecían decir "tranquilo, tranquilo". Ayer fue él quien se quedó tranquilo.
¿Qué pasará ahora? El voto de los luxemburgueses no resucita la moribunda Constitución, pero le aplica un buen tratamiento. Así seguirá hasta que los líderes de la Unión decidan en los próximos años lanzar la renegociación del texto que los Veinticinco pactaron en junio de 2004 y firmaron cuatro meses después en Roma. Esa renegociación no podrá abrirse hasta después de las elecciones francesas y holandesas, previstas en 2007. Eso sí, como recordó Juncker, "los que han dicho no tendrán que volver a hacerse la misma pregunta y estarán en una posición muy difícil en la renegociación", mientras que "los que hayan dicho sí tendrán a su favor argumentos reforzados".
Trece países han ratificado el texto: además de España y Luxemburgo, por vía parlamentaria lo han hecho Austria, Chipre, Alemania, Grecia, Hungría, Italia, Letonia, Lituania, Malta, Eslovenia y Eslovaquia. Otros dos, Estonia y Bélgica, lo harán en breve. Por miedo al efecto dominó del no franco-holandés, han postergado el proceso Reino Unido, República Checa, Dinamarca, Irlanda, Polonia, Portugal, Suecia y Finlandia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de julio de 2005