El Giraldillo se alza ya en lo más alto de la torre, como llaman a la Giralda los asiduos de la Catedral de Sevilla. "El concepto de torre se sigue utilizando, como antiguamente", explica Román Fernández-Baca, director del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH), mientras accede a la entrada del edificio almohade para subir por sus 34 rampas.
Todavía quedan algunos retoques que hacer a la figura antes de dejarla sola de nuevo en la cúspide del alminar. Para los técnicos del Instituto de Patrimonio y de la Escuela Superior de Ingenieros que han participado en las tareas de restauración de la figura, este último paso es difícil. Han trabajado durante seis años en la mejora de la estatua y ahora tienen que abandonarla. Durante estos días pasados han realizado los últimos ajustes pero, a partir de esta semana, todo habrá debido quedar listo para iniciar las tareas de desmontaje de los andamios. El domingo próximo el Giraldillo volverá a verse, como siempre, desde casi cualquier punto de la ciudad.
En el lábaro (estandarte) hay una pintura subyacente anterior a 1770
El Giraldillo volverá a verse el domingo desde casi cualquier punto de la ciudad
La veleta contará entonces con unos sensores que permitirán hacer un seguimiento exhaustivo de su estado de conservación y detectar las corrosiones causadas por la humedad, el viento o las temperaturas.
Mario Solís es uno de los ingenieros que ha colaborado en la restauración, gracias a un convenio entre la Universidad de Sevilla y el IAPH. "Montar el muñeco fue lo de menos", dice el joven técnico mientras supervisa el estado de la figura. Junto a él, otros colaboradores del proceso de rehabilitación del Giraldillo subieron el jueves pasado entre escaleras y trampillas hasta el último de los andamios para despedirse de la que ha sido su obra más emblemática. "Sobre todo, ha sido la intervención más simbólica para la ciudad, además de la de más altura", admite Fernández-Baca mientras contempla el panorama: el enorme Giraldillo y tras él, los tejados de las casas del centro de Sevilla.
Los restauradores, arqueólogos e historiadores que se atrevieron a subir llevaban sus cámaras fotográficas para inmortalizar el momento. Ana Bouzas, una de las restauradoras, inspeccionó la figura por dentro para asegurarse de que no quedaban motas de polvo o de bronce. "Quita ese pelo de ahí", decía a uno de los técnicos que, subido a una escalera de mano, revisaba cada parte de la figura. Después de tanto trabajo, no quieren que nada desluzca a la imagen. Bouza será una de las que participen en el libro que el Instituto tiene previsto sacar el año próximo sobre las labores de restauración del Giraldillo. "Cada uno de los que han participado escribirá una parte sobre los estudios que se han realizado en torno a la veleta", explica Bouza.
Desde que se iniciaron las investigaciones para realizar la intervención, se han descubierto muchas cosas, aunque otras, se han mantenido como misterios sin resolver. "En el lábaro hay una pintura subyacente anterior a 1770", explica Bouza sobre el estandarte del Giraldillo. Según explica, en 1770 se realizó una primera restauración de la veleta. El estandarte tenía dibujos vegetales que fueron tapados con una capa dorada. También se averiguó el tipo de fundición de la figura, que se realizó de una sola vez, a pesar de su envergadura (unos cuatro metros). Sin embargo, los conservadores aún no han averiguado cómo pudieron subir la estatua hasta esa parte de la torre. "Suponemos que construirían andamios a partir del patio de las Azucenas", dice José María Abascal, técnico de estructuras quien recuerda que en los documentos sobre la veleta se registraba el pago a 18 moriscos que llevaron la figura desde el taller. "Aunque 1.500 kilogramos para ese número de personas me parece un poco excesivo", comenta entre risas el ingeniero. En el Giraldillo se han hecho otros descubrimientos, como la existencia de agujeros de bala en el lábaro. "Hay tres agujeros y los hemos querido mantener como estaban, porque es historia", explica Claudio Fernández, técnico mecánico, mientras señala los pequeños huecos en el estandarte.
Lo que se desprende de la actitud de todos es lo que confirma el director del Instituto: "Ha sido un equipo maravilloso. Se han llevado estupendamente", dice con una sonrisa Román Fernández-Baca.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005