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Reportaje:

Modernismo con los cinco sentidos

Una ruta en Terrassa propone descubrir el patrimonio industrial histórico a través del olfato, la vista, el oído, el gusto y el tacto

¿Quieren saborear el modernismo? ¿Prefieren tocarlo? ¿Les apetece más que les seduzca viéndolo? ¿O se decantan porque sea el oído el que los traslade a un salón burgués de principios del siglo pasado?

Todas estas posibilidades las ofrece el Ayuntamiento de Terrassa (Vallès Occidental) con la Ruta de los cinco sentidos por el modernismo industrial. La fórmula, descubrir el patrimonio industrial y conocer la arquitectura, el arte y el estilo de vida de finales del siglo XIX y principios del XX a través del olfato, la vista, el oído y el tacto, ha tenido éxito de convocatoria. Desde que empezó, en la primavera de este año, en más de una ocasión el consistorio egarense ha tenido que colgar el cartel de completo.

Y es que lo de experimentar agrada a grandes y pequeños. La ruta arranca en la Casa Alegre de Sagrera. Como muchas otras viviendas de la burguesía que vivió la época dorada de la industrias textil, el exterior es austero, pero cuando uno cruza el umbral descubre estancias con relieves escultóricos en las columnas, pinturas murales de Joaquim Vancells y Pere Viver, y finos muebles. En la casa, que reformó el matrimonio formado por Francesc Alegre y Mercedes de Sagrera en 1911, el paladar disfruta del modernismo con una taza de chocolate, una manera muy agradable de conocer cómo empezó la publicidad y cómo la industrialización ayudó a popularizar ciertos placeres hasta entonces reservados a muy pocos. La valquiria, de Wagner, suena en un gramófono. Para muchos burgueses de la época será la primera vez que escuchen música sin una orquesta adelante. Aquí saltan las primeras preguntas del grupo de visitantes: ¿todo el mundo tenía un gramófono en casa? La sensualidad de las pinturas de Alexandre de Riquer entra por la retina, en este punto lo que inquieta al visitante es por qué sólo representan mujeres. La nariz es la que recorre la toilette del piso superior, con sus jabones, perfumes y barras de labios. Un auténtico lujo, con grifos por los que corría el agua caliente. Las manos y los dedos del visitante serán útiles cuando se le pida que reproduzca un mosaico.La siguiente parada es la Masia Freixa. Será el mismísimo arquitecto Lluís Muncunill (1868-1931) el que muestre a los visitantes este edificio de inspiración gaudiniana. Un actor caracterizado como el arquitecto municipal responsable de los edificios más emblemáticos del modernismo industrial de Terrassa explica el porqué de su arquitectura, su lenguaje y los recursos que utilizaba, como la "volta catalana". Su chófer, En Niquet -nombre con el que los niños llamaban a quien tuvo el segundo coche en Terrassa-, entrará dando un bocinazo en el jardín.

El recorrido continúa por el mercado de la Independència y acaba en otro espectacular edificio de Muncunill, el Vapor Aymerich, la actual sede del Museo Nacional de la Ciencia y de la Técnica. Antes de que la crisis del textil acabara convirtiendo vapores y fábricas en museos, el Vapor Aymerich era una de los mayores productores textiles de España. Ahora sólo quedan recuerdos de aquella época en la que cuando se paseaba por ciudades como Terrassa y Sabadell era casi inevitable oír el tintineo monótono de los telares. Como recuerdos son las fotografías que discurren ante los ojos del visitante de obreros jovencísimos, algunos tan sólo de 11 y 12 años; los carteles en los que se lee "sed limpios" o "soroll de telers, soroll de diners"; la lana cardada y la peinada, y viejos telares que aún se conservan. Las gorras, pañuelos y camisas que se reparten entre los visitantes, y el almuerzo, pan con un arenque, ayudan a ponerse en la piel de un trabajador de principios del siglo XX.

Aquí también bombardean a preguntas a la guía, Mar Osorio. Los adultos interrogan sobre "cuánto cobraba un obrero de la época" y si llegaban a final de mes con o sin dificultades. A los más pequeños lo que les preocupa es la dieta: la única carne que se podían permitir los trabajadores de entonces eran despojos. Hay quien hace también aportaciones de historias que le han contado. Al final, todo el mundo regresa a casa con más nociones sobre cómo se producía la energía, cómo vivían burgueses y obreros, qué es la "volta catalana" y por qué Muncunill diseñaba los techos que diseñaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005