Cuando otras tiemblan, Mayte Martínez vibra. Cuando algunas, como la norteamericana Bennet, se aturullan, se arrugan, se despistan, sufren empujones, pierden la zapatilla, se caen y lloran, Mayte Martínez se conjura y se supera a sí misma.
En vísperas de los Campeonatos del Mundo, ella, la atleta vallisoletana que parece encontrar una marcha suplementaria en la alta competición, y Juan Carlos Granados, que es su entrenador y su chico a la vez, comentaban desalentados la nueva realidad mundial del 800, la triste realidad española, la multiplicación de rusas las últimas semanas, de atletas que de repente, como champiñones, empiezan a surgir con marcas increíbles, con tiempos de 1m 56s y así.
Viéndoles la cara, viéndoles hablar, hacían pensar en una derrota segura, en la ruina. El sábado, Mayte Martínez pasó la primera fase sin especial brillo, pero también sin grandes agobios. Las semifinales se cerraban ante ella como un muro infranqueable. "Es que he tardado mucho este verano en encontrar la forma", decía la doble subcampeona de Europa. "Es que no sé... Es que hay muchas por delante de mí", añadía.
Lo cierto es que, en el fondo, Mayte Martínez estaba engañando al personal.
Por cinco centésimas
Ayer, en la fresca tarde de Helsinki, a Mayte Martínez le tocó apechugar con el peor toro. No sólo le tocó la peor serie, la primera de las tres, la de la incógnita, ya que sólo pasaban dos atletas por puesto en cada una de ellas, sino que le tocó con algunas de las rivales que nadie querría a su lado: con la rusa Larisa Chzao, una de las tres clones del 800 de la gran república, rubias, piercing en el ombligo, fuerza y velocidad; con la norteamericana Hazel Clark, que para Martínez es la encarnación del 800 actual, la gran favorita; con la mozambiqueña Mutola, la atleta invencible hasta que su amiga Holmes la derrotara en la final de Atenas...
Y con todas ellas corrió, con todas ellas se peleó, se ganó su hueco, se fajó, usó sus codos, sus piernas, su corazón. Y con todas ellas entró. Entró la cuarta, pero con una marca magnífica, por debajo de los dos minutos; una marca que, por cinco centésimas de segundo, le dio el pase a la final.
Cuando se enteró de que era finalista, un cuarto de hora después de su carrera, cuando ni en la segunda ni en la tercera semifinal ninguna de las terceras había superado su marca, Mayte Martínez aún tenía el brazo derecho rígido. "Aún lo tengo agarrotado", dijo; "ni lo puedo mover".
Era el último síntoma, innecesario; la prueba del enorme subidón de lactato que invadió su sangre, sus músculos; de que Mayte Martínez, cuando llega la gran competición, se multiplica por diez. De que hay que empujar mucho para dejarla fuera de una final.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005