Muchos dicen que la marcha es una cuestión de piernas. Se equivocan. La marcha es una cabeza que utiliza unas piernas para alcanzar sus objetivos.
En la marcha hay tópicos para todo. Hay frases hechas que resumen una carrera, una vida. Hay marchadoras, o marchadores, que van de menos a más. Se dice de casi todos y todas. Pero también se podría añadir que las hay, los hay, que van de más a menos y de menos a menos e incluso de más a más. Las hay, los hay, cabezas frías, que son quienes van de menos a más; cabezas de chorlito, que van de más a menos, y sin cabeza, quienes indistintamente van de más a más o de menos a menos. Y, visto así, con esa simpleza, al final todo acaba como tiene que acabar. Como acabaron ayer los 20 kilómetros. María Vasco soñó durante algún tiempo con repetir su bronce olímpico de Sidney 2000. Pero terminó la cuarta.
La marchadora se asustó cuando el entrenador de Molina le avisó de que ya tenía dos amonestaciones
Las que van de menos a menos ni salen por la tele. Son un grupo compacto, sin cara, en los planos generales. Las que van de más a más ganan sin contestación e incluso, como ayer la increíble rusa Olimpiada Ivanova, baten el récord del mundo. Las que van de más a menos, las de sangre caliente y corazón acelerado, acaban: a) descalificadas; b) reventadas; c) ambas cosas a la vez. Y las que van de menos a más, las frías, inteligentes y astutas, se cuelgan las demás medallas. Salvo, claro, si te apellidas Vasco.
Vasco, agazapada en el grupo de sus iguales, estaba haciendo la carrera perfecta. Había encontrado el equilibrio difícil entre sus ilusiones y sus capacidades. Marchaba junto a la italiana Rigaudo y la griega, campeona olímpica, Tsumeleka. Marchaba a considerable distancia de la imponente Ivanova, de sus piernas de acero, de su ritmo increíble e infatigable al que ya en el tartán del estadio habían intentado pegarse unas cuantas ilusas. Y marchaba tranquila, calculando, sonriendo al ver reventar a las que quisieron seguir a Ivanova, a la china Jiang, a la salvadoreña, López. A Vasco el bronce de Sidney le había permitido ser la rebelde de la marcha española; la atleta reivindicativa, capaz de dejar plantado a su entrenador, Josep Marín, el histórico, actual director técnico de la federación, para irse con Ramón Sánchez, El Fali, que la entiende mejor y a quien, lamenta, la federación sólo le paga media jornada y, por tanto, ha tenido que dejar a otros marchadores.
A Vasco el bronce que veía acercarse por la avenida de Helsinki le permitiría justificar todas sus decisiones, su libertad, su independencia. Porque, mediada la carrera, el bronce estaba ahí. Lo sabía. Se veía fuerte. Más fuerte, por lo menos, que sus compañeras de grupo. Más fuerte también, eso pensaba, que las del segundo grupo de agazapadas. Pero, llegado el kilómetro 13, José Antonio Carrillo, el entrenador de Juan Manuel Molina, que estaba por allí, echando una mano, le indicó, tras dudar sobre la conveniencia de hacerlo, que ya llevaba dos amonestaciones por marcha irregular, que a la siguiente la descalificarían, que actuara en consecuencia.
La consecuencia fue que Vasco se asustó. La diminuta barcelonesa estaba ya preparada para engranar una marcha superior cuando el miedo le obligó a tirar del freno de mano. Aun así, vio hundirse a su lado a Rigaudo, vio cómo descalificaban a Tsumeleka, se admiró de cómo resistía delante la bielorrusa Turava. Y llegó a pensar un par de kilómetros que sería bronce. "Pero no", confesó; "por detrás venía venir muy rápida a Susana. Sabía que me cogería y yo no podría hacer nada. Y eso que me sobraban las fuerzas".
Susana Feitor, la niña prodigio portuguesa de hace 15 años, la marchadora que se concentra varios meses al año en Navacerrada, alcanzó a Vasco en el kilómetro 19. En un tramo cuesta abajo la adelantó como un avión. "Pasó corriendo a mi lado", concluyó Vasco, "y yo no podía arriesgarme a ponerme a correr con ella. No pude hacer nada".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005