Siempre es interesante contemplar una versión de El lago de los cisnes. La cosa se complica si se acude al montaje programado del teatro Gran Vía de Madrid. Nada más llegar, el espectador comprueba que no hay orquesta. A 42 euros la entrada, una se pregunta si no se merece algo más que música enlatada.
Al comenzar la representación, un nutrido grupo de espectadores hace funcionar sin parar los flashes de sus cámaras, a pesar de que las entradas dejan claro que no se pueden hacer fotos. Los molestos fogonazos se repiten por decenas durante la representación, en una clara falta de respeto a los bailarines y el resto de los espectadores.
A eso hay que sumar la costumbre de las mujeres españolas de golpear sus abanicos contra sus turgentes bustos para levantar aire que refresque sus anatomías a falta de aire acondicionado, produciendo un molestísimo ruido en todo el teatro. Si una decide quejarse entre acto y acto a las señoritas que la acomodaron a la entrada, se las encuentra en el bar del recinto vendiendo refrescos, en un ejemplo claro de cómo las empresas se aprovechan de sus jóvenes empleados haciéndoles cumplir diferentes funciones por un mismo sueldo.
Algunos empresarios sólo buscan el beneficio e ignoran que un espectáculo de ballet no es lo mismo que un circo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005