Cualquier trabajo debe tener su gratificación equitativa, algo en lo que parece todo el mundo de acuerdo, pero que no siempre se lleva a cabo y puede convertirse en inicua explotación. No hace mucho empezó a corregirse el abuso, muy frecuente en los pequeños servicios. Se conoció por el yaque y prolongaba la tarea del que se convocaba diciéndole, poco antes de concluir su labor: "Pues ya que estás aquí, mírame ese grifo, ese conmutador, esta aspiradora". Cundió la voz de alarma entre los operarios y se formulaba la advertencia previa: "Nada de yaques", vocablo que no ha perdurado, pero es bien significativo a la hora de formular el presupuesto. En otra esfera, el abogado, el médico, el ingeniero, el empleado de Hacienda veían desbordarse sus funciones entre los amigos y parientes.
La presión alcanza a todas las profesiones y actividades, como decimos. El torero tiene que vestirse de corto para actuar gratis en incontables festivales debiendo, incluso, abonar los haberes de la cuadrilla y correr el riesgo que le costó la vida al experimentado Antonio Bienvenida. El cantante ha de prestar su voz y su tiempo; el pintor el lienzo solicitado para el rastrillo benéfico, etcétera. En no pocas de estas ocasiones el resultado final de la supuesta filantropía se ha desvanecido en comisiones, gastos suntuarios y obsequios para los capitostes.
Entre los plumíferos más o menos prestigiosos el riesgo es mayor. Parece que no tuvieran cosa otra que hacer sino pergeñar prólogos, presentar libros ajenos, pronunciar pregones por el importe del viaje y la estancia en un hotel de segunda. En tiempos pasados eran una epidemia los juegos florales, mal gratificada la flor natural, generalmente atribuida a un vate local y recompensado el presentador con mucha coba, una lámina conmemorativa y poco más para responder del alquiler del frac o el esmoquin. Épocas idas que quizá alumbraron algún genio desconocido, pero que no pasaban de ser complemento de los festejos por la Patrona.
El escritor novel solía demandar del consagrado un elogioso preámbulo a su creación, como si la famosa firma amparase la anhelante mercancía. Al fin y al cabo, cercano a la utilización de un nombre o una cara para cubrir hechuras necesitadas de publicidad, es cosa frecuente y aceptada, sin que la prestación vehicular (perdón por este giro, parezco un ministro o ministra) ahonde en la responsabilidad derivada de la colaboración. Hartas veces hemos oído de la venalidad de algún premio Nobel, convenientemente untado para garantizar un alimento básico, unas aguas corrientes o un potingue dudoso. En esos niveles la contraprestación suele ser suculenta.
Contra las prácticas meramente abusivas se han resistido algunas personas cuyo prestigio y situación económica les permitía negarse a esos "sablazos" intelectuales. Cela fue uno de los que se plantó, adoptando como lema académico que no escribía prólogos ni presentaba obras ajenas, al menos fuera de su caché. Hizo bien, corroborando su actitud con excepciones como una guía de carreteras. Umbral ha mantenido la misma coherente postura, y ello ha sido beneficioso para la profesión de escritor que estipula su tiempo y su ingenio como le da la gana. Todo tiene su contrafigura, y un personaje fallecido no hace mucho llegó al pináculo social y académico precisamente merced a unos cuantos prólogos de lectura restringida.
Confieso, en honor a la verdad tan frecuentemente puteada, que he tenido en mi vida pocas solicitudes de ese tenor, pero acabo de pasar por una curiosa y por ahora singular experiencia que quiero trasladar a lo lectores. No era la primera vez que me pedían esa colaboración y la prestaba creyéndome honrado por ello. Se trataba de participar en el lanzamiento de la compilación de artículos de un ya afamado escritor que, además, ha sido y es buen amigo. Una joven azafata al servicio de la entidad que patrocinaba el acto me pidió el DNI, rogándome que firmara el recibo de un talón nominativo por una cantidad realmente generosa, como remuneración al tiempo que con mucho gusto hubiera cedido gratis. No me atrevo a dar el nombre de la empresa mecenas, por si de ello se derivaran perjuicios o sabe Dios qué. En otra ocasión, inmediatamente posterior, también me requirieron el mismo documento y firmé un papel, pero en esta ocasión era una precaución para impedir que, en el futuro, pudiera reclamar cualquier tipo de derechos. Como ven, situaciones muy distintas y ambas de reciente implantación en nuestras costumbres.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005