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CARTAS AL DIRECTOR

La locura de César Fierro

En febrero de 1997 acompañé a una delegación de Amnistía Internacional, encabezada por su entonces secretario general Pierre Sané, al interior del corredor de la muerte en Tejas. Nos entrevistamos con tres condenados a muerte; entre ellos estaba César Fierro. Fierro nos recibió tranquilo y nos explicó su caso. Entonces tenía la esperanza de que un tribunal anulara su condena. Creía ver la luz al otro extremo del túnel, y le pidió a Sané que impulsara su caso desde AI. No reconozco al César Fierro que describe John Carlin. Pero no me extraña su descenso hasta la locura.

Tuvimos la oportunidad de visitar las celdas del corredor: un verdadero infierno. Sané lo describió así: "Los condenados esperan en una fila de jaulas diminutas que recuerdan a la era medieval, y sus espíritus se quiebran lentamente".

Desde esas jaulas, los presos nos miraban sin saber quiénes éramos, a qué habíamos venido. Sin intimidad, algunos semidesnudos, otros haciendo sus necesidades a la vista de sus verdugos. Desde entonces, les han retirado el programa de trabajo y las pocas manualidades que les ayudaban a entretenerse. Permanecen en esas jaulas 23 horas al día. No tienen contacto físico con sus familias, a las que ven a través de un cristal blindado.

Desde que entró en el corredor, Fierro ha visto cómo se llevaban a 346 presos a sus ejecuciones y entraban otros tantos para reemplazarlos. ¿Qué ser humano puede resistir semejante tortura sin enloquecer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005