El Museo de Bellas Artes de Bilbao ha expuesto unas cuantas obras de papel que forman parte de su colección. Son dibujos y, sobre todo, grabados, con fechas que van desde el siglo XV al XVIII, ambos inclusive.
La lista de nombres es larga. Destaca por encima de los demás, Rembrandt, con un pequeño aguafuerte a punta seca sobre papel. Está datado en 1641, justamente un año años de que pintara su cuadro más famoso, La ronda de noche. El grabado es espléndido; por algo Rembrandt está considerado universalmente como el mejor autor de aguafuertes que haya existido en la historia del arte.
Es muy bello el dibujo de Ottavio Leoni, el Retrato del Duca Cesarini, trazado con lápiz graso negro sobre papel. El belga Bartholomeus Spranger firma una tinta negra a pincel y gouache blanco sobre papel, un poco a la manera de Miguel Ángel. El francés Charles Joseph Natoire muestra una tinta negra y sepia con luces de blanco sobre papel, con el título Alegoría. Las Artes, que parece haberse inspirado en la soltura que imprimía al dibujo el mencionado Rembrandt.
Los italianos Volpato y Piranesi (¡Oh, Piranesi, autor fantástico de las prisiones imaginarias!) dejan su sello potente e intricado en sus aguafuertes correspondientes.
Dos alemanes y un holandés se unen al grupo con tres diligentes grabados (realizados a buril sobre papel); ellos son Israel van Meckenem, Hans Sebald Beham y Lucas van Leyden. El francés Nicolas Lagneau dibuja en carboncillo y sanguina sobre papel el rostro de un campesino; lleva por título Cabeza de aldeano y es el fiel reflejo de la mezcla entre cuquería, ingenuidad y retranca del aldeano. Hay que significar los dos dibujos de autores anónimos, los dos de finales del siglo XVI; uno en tinta sepia a plumilla y aguada sobre papel, y otro simplemente de sanguina sobre papel.
Resulta curioso el paralelismo que existe entre los artistas valencianos Miguel Gamborino (1760-1828) y el más afamado Vicente López (1772-1850). Trabajan sobre trece temas en torno a la Pasión de Cristo. El primero lo hace con buril y el segundo con tinta china a pincel. Son idénticas las tomas y los encuadres -si se nos permite la expresión un tanto moderna si tenemos en cuanta la época en la que fueron realizados-, sin embargo, las diferencias de los detalles son mínimos. Viene bien para fijarse en las expresiones de los rostros. En esos apartados entran en escena la variación de los matices. Muchas veces en lo mínimo se hallan las grandes diferencias existentes entre una obra y otra. Lo mismo da que sean obras al óleo como en la especificidad del dibujo o los grabados.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005