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Pie de foto / 3 de enero de 2005 | CULTURA Y ESPECTÁCULOS

La diferencia entre el dedo y el pezón

El bebé de esta chica se llama Dylan, aunque él todavía no lo sabe. Tampoco sabe que acaba de nacer en un hospital de Madrid ni que es 1 de enero. Al desconocer la distinción entre dentro y fuera, ignora que está fuera como antes ignoraba que se encontraba dentro. Nosotros, en cambio, sabemos que ha sufrido un accidente todo lo natural que ustedes quieran, pero accidente al fin, por el que ha sido expulsado del útero con la violencia con la que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso. Dentro del útero se chupaba el dedo y ahora chupa el pezón. No tiene ni idea de lo que es un pezón ni de lo que es un cuerpo, no distingue los límites entre la geografía de su madre y la suya. El mundo es una masa indiferenciada de la que él forma parte. Mientras su lengua juega con la teta sin tener ni idea de dónde termina una y comienza la otra, su madre, Lucía Caisa, lo observa orgullosa, y su padre, Edgar Mejía, con complacencia y susto.

Sus padres sí saben el significado de Ecuador y de España y de papeles y de emigración y de salario. Por eso mismo, al tiempo que le entra la leche materna por la boca, recibe las primeras palabras por los oídos. No sabe qué es la leche ni qué son las palabras, pero la primera le ayudará a sobrevivir y las segundas a nombrar el mundo. Parece mentira que el término deconstrucción sea un neologismo, cuando crecer no consiste en otra cosa que en deconstruir el universo. Uno se hace en la medida en que deshace lo que le rodea. Se hace cuando diferencia el cuerpo de su madre del propio; cuando distingue el cerca del lejos; cuando intuye el significado de dentro y fuera; cuando separa, en suma, cuando desmonta la realidad como se desmonta un juguete.

Venía todo esto a cuento de Dylan, del pequeño Dylan, que nació en un hospital de Madrid el 1 de enero sin tener ni idea de lo que le acababa de ocurrir. Cuando se publiquen estas líneas habrá cumplido ocho meses y quizá diga mamá. No es mucho, pero es lo que más cuesta. Una vez que nombras a mamá, reconociéndola como otra diferente de ti, el resto es pan comido. Nombrar es una conquista, pero también una claudicación. Nombrar es aceptar la existencia de los límites y de la escuela y de las sumas y las restas... Uno se va haciendo un hombre de este modo, separando las cosas que forman parte de la realidad. Pero en ese hacerse se deshace también. Tener hijos es un modo de deconstruirse, de desmontarse para formar unidades autónomas. Nos construimos al deconstruirnos y al revés. Por eso la vida es pura paradoja, puro espejo, puro ir y venir.

Me estoy imaginando a Dylan unos años más tarde, contemplando el álbum de fotos familiar. Lo veo deteniéndose ante esta instantánea, preguntándose si será tan guapo como su padre; observando con admiración la belleza de ese hombro que su madre ha desnudado para darle de mamar. Quizá se pregunte si será capaz de encontrar una mujer tan dulce y si se la merecerá. Quizá busque en las chicas ese bucle que se ha desprendido casualmente de la melena de su progenitora para serpear por su piel. Bienvenido al mundo y a Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2005