Después de la caída, el aturdimiento, la lividez, el valor exagerado y el gesto de dolor, la sangre derramada por la herida en la rodilla. El dolor. Luego, el estupor: "¿Quién soy?, ¿dónde estoy?, ¿qué pasa?, ¿qué es este remolino azul que me envuelve?, ¿qué son los gritos que me rodean?, ¿qué significa todo esto?". Así les pasa a muchos, le pasó ayer a Roberto Heras, por ejemplo. A otros, como a Lance Armstrong, una caída le procura un estado mental totalmente contrario al del aturdimiento; le produce excitación, como al torero que grita a sus peones "¡dejadme solo!", desarmado y todo, ante la cara del toro, tras una horrísona cogida y voltereta. El dolor llega más tarde.
En un Tour, subiendo Luz Ardiden, Armstrong se cayó. Luego, se le salió el pie del pedal y se dio con la barra de la bicicleta en la entrepierna. El golpe desencadenó un torrente de adrenalina en su organismo, un chute que le propulsó como a un cohete.
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En una Vuelta, ayer mismo, en los falsos llanos que llevan al pequeño puerto de Valmala, al este de Burgos, se vio envuelto en una caída masiva Heras, el ídolo nacional, el segundo clasificado, el fabuloso bejarano que sueña con destrozar mañana a Denis Menchov en la Huesera de Covadonga. Se hizo una herida en la rodilla izquierda. Se quedó pálido. Parado. Había subrogado toda su capacidad de excitación a su equipo, a su director, Manolo Saiz, que discutía, vociferaba, peleaba con los comisarios; a sus compañeros de equipo, que lo esperaron, que lo envolvieron, que lo condujeron adonde esperaba, casi paralizado, el pelotón, ocupando la carretera en toda su anchura. Allí subió, acelerado, un corredor del Liberty transmitiendo en sus gestos, en sus prisas, toda la excitación de sus compañeros, de su jefe; montando la bulla a unos atónitos colegas que no podían creer que una persona mesurada se comportara así, gritando que no se había esperado a un grande de la carrera herido. Allí se reintegró Heras poco después, tras haber sido atendido unas cuantas veces por los médicos, quienes se ganaron una advertencia de los comisarios por su proceder humanitario. Siempre que hay un caído, un herido, los médicos le ayudan, le permiten agarrarse a su coche el tiempo necesario para recuperar la respiración, la moral. Así ayudaron a Heras, por lo que los comisarios les pidieron que aceleraran, que no le subieran todo el puerto de tercera. Y por ello Saiz, airado, declaró urbi et orbe que los comisarios no habían permitido que curaran a su chico, que se desangraba por la rodilla, que se quedaba sin alma.
Y fue por todo ello, por tanto trajín, tanta discusión, tanta paralización, por lo que Luis Pasamontes, fugado desde hace tiempo, a punto de ser cazado, sufrió una momentánea alucinación y llegó a pensar que se olvidarían de él, que en la confusión nadie se daría cuenta de su ausencia. Fugaz ilusión. Quienes sabían que podían ganar la etapa al sprint no se habían dejado confundir. Los del Fassa del impecable Alessandro Petacchi; los del Quick-Step de Tom Boonen, que hoy se vuelve a Bélgica; los del T-Mobile del perseverante Erik Zabel, rápidamente devolvieron el orden al pelotón, la velocidad. Cogieron a Pasamontes. Organizaron el sprint, la rutina del llano: la cuarta victoria de Petacchi -se la dedicó a su abuelo, muerto, día por día, hace tres años- el tercer segundo puesto de Zabel, la impotencia un día más de Boonen.
Mientras todo esto ocurría en las rutas burgalesas, Armstrong declaraba en Ciudad de México que, aparte del Tour, hay otras carreras y que, si regresa al ciclismo, no tiene por qué ser para volver a Francia, donde le espera mucha policía, mucho interrogatorio, mucho perro, sino que podría volver, por ejemplo, a la Vuelta a España.
Tal insinuación debería haber supuesto poco menos que un terremoto en el alicaído pelotón de la carrera española, una prueba que lucha contra el creciente anonimato, pero, al producirse ayer, chocó con un sabor más al gusto de la caravana hispana, el de la sangre. Heras, aturdido, estupefacto, sólo recobró la calma en el autobús del equipo, en el que los médicos le durmieron la zona con lidocaína, le cerraron las heridas, un corte frontal, por encima de la rodilla, limpio; otro lateral, más feo, sobre una antigua cicatriz lateral, con 15 grapas. Luego dijeron los médicos que no era grave, una herida superficial, poco más. Luego dijo Heras que, si no le molestaba al pedalear, seguía. Luego dijo Belda que no oculta sus deseos de evitar que el del Liberty gane la Vuelta: "¡Uy, uy, uy! Eso mismo le pasó un año a mi Pascual Llorente y, aunque no era nada, tuvo que abandonar. Con el pedaleo se le soltaban las grapas, le salían disparadas, se le abría la herida".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 2005