La rentrée da miedo. Esas pieles luchando por retener unos días el bronce de algún sol más corsario que el del Guadarrama. Esos pitidos nerviosos del claxon en los primeros atascos. Y esa foto, esa cara de Mariano Rajoy entrando en el palacio de la Moncloa, con esa estirada sonrisa de netol para que (como en el maravilloso dibujo de Forges publicado en este periódico el pasado lunes) Aznar no se le eche después encima con todos sus chufos de punta. ¿Empieza la bronca cuando sólo han pasado ocho días desde el fin de las vacaciones? Creo que en el fútbol también hay ya aguas turbulentas por una camiseta reivindicativa y una selección empantanada, pero yo ahí no me mojo. Los periódicos, y eso sí que es una mala noticia, no parecen haber experimentado ningún descanso estival: ahí siguen, chupando página, el Tripartito y los Batasunos, la Sanidad autonómica y la ceguera en Gaza. Decíamos ayer.
En medio de tanta mala cara, de tan gran tedio y tanto pesimismo anticipado, un rayo de esperanza en Callao. Iba yo cariacontecido al cine (buscando alivio en la buena jeta de los actores jóvenes Pablo Rivero y Jan Cornet, que están que se salen del cartel de la película La noche del hermano), cuando hete aquí que veo a un mendigo sonriente en una esquina. Educado en la estricta observancia de la estética de Wittgenstein, quien defendía que el único juicio coherente ante una obra de arte es sonreír (si nos da la felicidad del placer) o torcer el gesto (si la cosa es un bodrio), me pareció muy anómalo que un joven vestido sólo con unos sucios pantalones cortos y tirado en la acera de la Gran Vía junto al cartel de cartón de los que piden limosna, en vez de poner cara de lástima luciera una sonrisa de oreja a oreja. ¿El mendigo feliz? ¿El hombre sin camisa del cuento tradicional? Me acerqué entonces hasta donde estaba y, dado que el chico no hacía ademán de agobiarme con su pobreza ni exhibía ninguna lacra física ni me cantaba a cambio de la voluntad una canción de su tierra, leí el texto de su cartelón: "Pido para dulces y para porros, para vino y cerveza. Yo al menos digo la verdad".
Inmediatamente me eché la mano al bolsillo que, por desgracia, no estaba tan abultado como el de los galanes de Mae West. Aun así, encontré calderilla suficiente para contentar (más) al joven, que me dio las gracias muy solícito y, en prueba de la sinceridad de su anuncio, hizo un brindis al sol con una lata de Mahou sacada de su mugrienta mochila. Nunca doy limosna, también por una razón filosófica, aunque a veces echo dinero a la caja abierta del instrumento si el violinista que toca en los pasillos del metro ataca una pieza que me gusta. No creo en los paliativos; a grandes carencias, grandes remedios (aprendí eso en otro sistema ideológico hoy en cuarentena). Y por no creer, descreo igualmente de los códigos de la mendicidad, que han llegado, con el aumento de la demanda y la dura competencia ante la oferta, a extremos sutiles y crudos. Amaestrar a un perrito para que ladre rítmicamente si cae la moneda en el plato; pintarse todo el cuerpo de purpurina y quedarse quieto en un podio varias horas; mostrar la amputación o el bebé desnutrido; confesarse recién salido de la cárcel o enfermo terminal. Muchos de esos "pobres" no son lo que dicen ser, y en Madrid corren ya leyendas del género pordiosero. Sostienen algunos que ciertas esquinas de la calle de Goya y de la avenida de América se han puesto por las nubes, si bien, más que los pedigüeños, son los managers del racket de la caridad quienes se llevan las plusvalías. Un amigo que vive en la Torre de Madrid me ha jurado que el apremiante mendigo pelirrojo que a todas horas acosa con ayes de dolor al público de los cines Renoir, Princesa y Alphaville tiene en una sucursal bancaria de la calle del Marqués de Urquijo una cuenta de 90.000 euros a plazo fijo. Hay quien le ha visto subirse a un Volvo al acabar su jornada laboral.
Así como vacié mi bolsillo en la gorra del joven que no pedía para comer sino para caprichos, a partir de esa revelación mendicante en Callao voy a aplicar el mismo criterio a la política. Cuando en las próximas elecciones me digan los partidos que mi dinero van a gastarlo en grandes obras públicas, me abstendré de votarles por si me engañan, dando sólo mi confianza a aquellos que prometan endulzarme la vida y darme un paraíso, aunque sea artificial.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de septiembre de 2005